Octavos de final | España 1-Irlanda 1

Casillas presidente

Iker detuvo tres penas máximas: Una en la segunda parte y dos en la tanda de penaltis. Fue el héroe.

Actualizado a

Cómo explicarlo, cómo transmitir tanta emoción, cómo se puede pasar del amor al odio y de las tinieblas al cielo, que estuvimos vivos y luego muertos y ahora podemos ganar el Mundial otra vez, pero más tranquilos, que ayer nos afeitamos las patillas con una guadaña.

España tenía que ser fiel a sí misma, era engañoso no sufrir, era mentira este camino de rosas, que parecíamos un cohete que sólo podía aterrizar en la final. No, somos los de siempre, los agonizantes; debemos asumirlo. Después de tener un partido casi ganado, Irlanda nos tuvo con media estocada en el lomo, por culpa de una torpeza infinita de Hierro en el último minuto, que no se sabía si era un agarrón o le estaba quitando un jersey a una jirafa.

Pero todo el fatalismo que nos estaba estrangulando lo borró Casillas, que ayer dejó de ser sólo un tipo con suerte y pasó a la categoría de los cuerpos con aura que conviene tocar antes de los exámenes. En la tanda de penaltis, Iker detuvo dos lanzamientos y resucitó algo más que un equipo: una ilusión.

Nada parecía augurar tanta angustia porque España se encontró con el partido soñado: gol a los siete minutos. Cabezazo picadito de Morientes en el primer palo después de un gran pase de Puyol. Parecía imposible perder. Irlanda estaba sobreexcitada, casi en celo, aunque su presión nos abría autopistas.

Y en ese punto, con el partido quebrado nada más empezar, España, en lugar de rematar la faena, se acochinó en tablas y renunció al ataque, prefirió esperar, jugar a la contra, pasecitos a Raúl y Morientes que los irlandeses tenían la defensa adelantada, casi suicida. Si es imperdonable la falta de ambición lo es más despreciar la buena suerte. Otro rival nos hubiera crujido, pero Irlanda es un equipito (sólo Robbie Keane).

El partido se agotaba, España seguía ganando y el resultado daba la razón a los cobardes. Cuando faltaban 28 minutos para la conclusión, Duff cayó en el área y el árbitro pitó penalti. No lo fue, pero Juanfran metió una pierna que invitaba al piscinazo. Allí surgió por primera vez Casillas, que detuvo el máximo castigo.

Pero ni siquiera la fortuna de Iker nos salvó de la gran pifia. En el último minuto, cuando España tenía medio cuerpo en cuartos, justo entonces, Fernando Hierro se empeñó en desnudar a un señor de dos metros, agarrando su camiseta de una forma tan torpe como descarada. Penalti y gol.

Aquello fue un gancho en la mandíbula. España estaba groggy y tenía por delante una prórroga sin Raúl y sin Morientes; 30 minutos con diez jugadores porque Albelda estaba lesionado. Irlanda a degüello y nosotros contra las cuerdas, árbitro la hora, pensando en los penaltis, soltando las puños de vez en cuando por si los milagros existen.

Noticias relacionadas

Y existen. Porque llegaron los penaltis y el partido se concentró en el talismán, Casillas, que sonreía antes del fusilamiento porque él sabe algo que nosotros desconocemos o porque él puede ver a los ángeles sentados en el larguero. Paró dos, desvió otro con la mirada y consiguió que se gritara su nombre en la Cibeles. Ocurrió lo mismo en México 86 cuando otro con carita de bueno le metió cuatro a Dinamarca y la costa Castellana coreó el "Butragueño presidente".

Estamos en cuartos de final y todo es posible. Quizá ayer acabamos por fin con nuestros fantasmas, los únicos rivales de entidad contra los que nos hemos enfrentado hasta ahora en Corea. Lo que es seguro es que ante Irlanda ganamos mucho más que un partido: ganamos el partido que siempre perdíamos.

Te recomendamos en Polideportivo