El vaticinio de Vargas
El otro día les conté que Mario Vargas Llosa se hizo de Vía Digital para ver los partidos al tiempo que se jugaban. Pero ha tenido que irse de viaje, y por ahí ha andado en autobuses suizos y holandeses; en Holanda es donde más ha sufrido, porque, como el equipo nacional no se clasificó, allí el interés ha decrecido y en los autobuses no hay televisores.
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Así que me llamó para que le dijera cómo iba el campeonato; triste por Argentina, feliz por Inglaterra, cariacontecido por Francia en cierto sentido, sus países, y exultante por España. Me hizo un reproche: en mi crónica anterior no puse entre sus favoritos a España, que lo es de los ingleses y de los anglófilos como Mario. El autor de La verdad de las mentiras tiene consultados sus oráculos y cree que la final puede ser Brasil - España. ¡Ojalá!
Todos pensamos ahora, provisionalmente, que España puede ganar, y ya no sólo lo piensa este gran autor de ficciones. Los más recalcitrantes camachofóbicos han mirado ese banquillo con recelo. El último partido no fue bueno, dicen, y qué más da, si con él ya han batido un récord los de Camacho. Los chicos de Operación Triunfo cantan muy mal, pero ganan los partidos. Ahora bien, España no será un equipo perfecto hasta que no se asegure la variedad étnica de la que disfruta ahora este país, gracias a la emigración. Un equipo en el que haya tres o cuatro jugadores de África ¡el futuro del fútbol! o de América Latina ¿el pasado del fútbol? este país no puede aspirar a ser el mejor del mundo, por mucho que ya esté cerca, según el diagnóstico, sin duda sabio, de Vargas Llosa. Espero que cuando me llame el domingo le siga dando alegrías.