Grupo B | Suráfrica 2-España 3

Raúl lanza a España

Anotó dos goles/Mendieta marcó de falta/Helguera, brillante como central/Joaquín, la gran revelación

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Seamos sinceros: fue una pachanga, uno de esos partidos distraídos en los que terminas por hablar de los sobacos de Camacho, a qué hora jugamos el domingo y fíjate en ese tipo con chanquetes en el pelo. Y eso que España regaló dos goles, con esa falsa compasión que sienten los muy superiores, como los niños que ganan 17-0 y no quieren que se les muera el enemigo para que no se acabe el juego, y entonces, justo a las puertas de la humillación, le regalan una esperanza: el que meta gana.

Resultó fácil porque Suráfrica practica un fútbol entre la infancia y la adolescencia, sólo interesado en el ataque, en divertirse, que defender y presionar es como ir a la oficina. Sucede con muchos equipos africanos: tienen calidad pero son incapaces de leer los partidos, de maliciarse. Suráfrica y Camerún se han quedado fuera del Mundial con una falta total de apasionamiento.

El partido sirvió para confirmar dos sospechas. La primera, que España disfruta de una prodigiosa conjunción de los astros que permite soñar con cualquier cosa. Se comprobó en el primer gol, cuando el portero de Suráfrica intentó atrapar la pelota y la convirtió mitad en balón de rugby y mitad en besugo recién salido del mar. Raúl, que siempre ha visto el balón redondo, marcó con un cierto rubor.

La segunda conclusión tiene que ver con los futbolistas. Los relevos introducidos por Camacho dejaron claro que Helguera y Joaquín son fundamentales. En los laterales, Curro Torres y Romero aportan más de lo mismo, y eso es más bien poco. En el centro, Xavi le pone sensatez al juego y Albelda es útil en desembarcos y riñas en general. Mendieta el melancólico anda disipado, aunque habrá que ver si el gol de falta le alcanza para matar sus demonios. Con Morientes no hay debate, no vaya a ser que se despierte.

Una vez colocadas las piezas, volvamos al partido. España encarriló el encuentro con facilidad, ante un rival que esperaba y que permitía tocar y tocar, hacer paredes, tiqui-tiqui. Lo que más nos gusta, vamos, pero también lo que nos hace perder la concentración y permite que nos empaten por dos veces un grupo de animosos membrillos.

Indiferente al marcador, la Selección se inclinaba descaradamente hacia la derecha, donde había un extremo, Joaquín, que intentaba desbordar y lo conseguía la mayor parte de las veces. Mendieta ejercía de Valerón, entre líneas y musas, más bien alejado de la banda izquierda. Pero con un solo brazo nos bastábamos para enloquecer a los africanos. Porque cada balón lanzado desde la banda al área enemiga es en nuestro caso una ocasión manifiesta de gol: Morientes pone la caña y Raúl el barco de Frudesa. Por eso no se comprende el miedo que tiene Camacho a que el equipo pise las líneas; quizás porque entiende que abrirse es una forma de desguarnecerse; tal vez viejos temores de lateral izquierdo a los extremos en motocicleta.

Lo de Helguera resulta igual de evidente: es rápido en el corte, seguro de cabeza y no está oxidado. Ayer teníamos enfrente a los Bafana Split pero las cosas se irán poniendo feas a partir de ahora y a uno le dan escalofríos al pensar lo que podría hacer un coreano enfurecido en nuestra retaguardia, y espero que se me entienda.

Por cierto, progresamos en todos los órdenes: Camacho sudó, pero de forma moderada y hasta elegante; en la final no habrá quien lo distinga de David Beckham. No exagero: visto que bracea como un molino de viento yo empiezo a pensar que también se convertirá en gigante.

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