Yo digo Juan Mora

Ferrero tiene una novia casquivana

Juan Mora
Importado de Hercules
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Había más tristeza en el rostro de Ferrero que alegría en el de Costa. Lógico. Ferrero se echó hace algún tiempo una novia, la gloria, con la que había quedado ayer para casarse. Era París, era un Grand Slam y habían sido invitados los mejores jugadores del mundo. Pero la novia, en vez de darle el sí, le puso los cuernos. Con un amigo, además. Costa se llevó la alegría de su vida, pero sabe que el romance es sólo pasajero. La gloria, a no mucho tardar, volverá a quedar con Ferrero y ese día se casarán para vivir juntos mucho tiempo. Pero el disgusto que se llevó ayer el muchacho no se lo quita nadie.

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Y es que la gloria es así de casquivana. Le gusta vivir aventurillas de verano. Costa no es precisamente un buen pretendiente, todo lo contrario, pero a veces los tipos constantes como él se llevan a la mejor chica del baile. Lleva diez años intentándolo. En París las cosas nunca le habían ido bien precisamente —sólo dos veces había logrado alcanzar los cuartos de final— e iba a cumplir tres años sin comerse una rosca, pese a que no cesaba en su empeño. En ese tiempo se había inscrito en 65 torneos y el resultado era desolador: en 28 le habían dado calabazas a la primera y sólo en uno llegó a la final.

Ferrero, en cambio, era un partido magnífico para la gloria. Alto (1,83), joven (22 años), guapo (eso dicen las niñas) y rico (700 millones de jugar sólo al tenis). Y, lo que es más importante, ha tenido ya varios romances con ella. Seis en tres años, el último hace dos meses en Montecarlo, y eso sin contar que la gloria le eligió como galán en la orgía que montó con el equipo español en la Copa Davis. Ahora, ante la puerta de la iglesia, pues de un Grand Slam estamos hablando, le ha sido esquiva. Los dos años anteriores le plantó en semifinales; éste, en la final. Le está poniendo a prueba porque le quiere de verdad.

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