Grupo B | España 3-Paraguay 1

En octavos y subiendo

Morientes, con dos goles, fue el revulsivo. Paraguay se adelantó en el marcador. Los cambios, la clave.

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España sólo juega a toque de corneta, en pleno frenesí, cuando todo es locura y parecemos perdidos, justo cuando los cronistas calientan las yemas de los dedos para despedazar el cadáver. Camacho, que llora con el himno y suda como un búfalo, es racial y telúrico. Igual que Raúl. Sólo ellos sienten el fútbol como un compromiso en el que está en juego el honor y la patria, ya sea España o el Madrid, que es casi lo mismo. El resto, más autonómicos, necesita contagiarse de una suerte de estado de necesidad casi histérico y sólo funcionan en plena taquicardia.

España venció a Paraguay y es la primera selección que consigue su pase a los octavos de final. Es lo que queda. Pero para llegar al éxtasis experimentamos la transformación del gusano mugriento en flamígera mariposa. Porque la primera parte fue un desmayo, el de casi siempre, un equipo corrientito con un solo futbolista de talla mundial: Raúl.

La primera mitad del partido confirmó, además, nuestros peores temores: no sólo tenemos una mala defensa, sino que se ha corrido la voz. Y eso, al tiempo que nos ruboriza (porque es verdad), da confianza a los equipos contrarios, que llegan al área sonrientes, casi de parranda.

El rigor mortis de nuestros centrales delata una fractura: la mitad de atrás da miedo. La otra, la de delante, ofrece, en cambio, infinitas posibilidades. Si Diego Tristán es Diego Tristón, juega Morientes y ofrece goles. Si Valerón se duerme, surge Luis Enrique. Y en los peores momentos siempre, siempre, está Raulito, inventando maldades.

La retaguardia es otra cosa. Si los laterales no suben se provoca un atasco monumental, porque, sin bandas y sin extremos, nuestro equipo se encoge y los demás se agigantan. Así llegó el gol paraguayo. Pero cuando Juanfran y Puyol se atreven cambia el panorama.

Hay que reconocer que Camacho supo solucionar en el descanso todos estos problemas. Sacó a Morientes por Tristán y quitó a Luis Enrique por Helguera, con el objeto de que acompañara en el medio campo a Baraja, hasta entonces tan perdido como ante Eslovenia.

Cambio todo. Helguera aporta solidez y le da frescura a Baraja, que lo ve como si fuera Albelda y se arrima más al área contraria, a la vez que se despreocupa de las labores defensivas. Además, Helguera tiene algo que le da épica al fútbol, quizá una cara con cuchillo entre los dientes o un rictus de proeza que nos viene fenomenal para combatir una peligrosa apatía hereditaria.

El gol del empate vino de un córner sacado por De Pedro (otra vez muy bien y muy italiano). El balón voló rápido y abierto, ideal para la entrada de Morientes, que remató con fuerza a la escuadra. Soberbio. Este delantero es así, entre el enredo y la genialidad. Pero hay que aprovechar sus filones de inspiración y es fácil que nos encontremos ante uno.

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Al igual que en el primer partido, comenzó entonces la revolución, la adrenalina, a mí el pelotón. Otra vez fue De Pedro quien mandó un balón al área, con rosquita y veneno. Chilavert, que un día fue un buen portero de fútbol y ahora es un buen portero de discoteca, salió como un oso panda y el balón tropezó en Morientes y acabó en la red. Victoria.

Luego vino el gol de penalti de Hierro que sirve para que el capitán se haga la foto y quede bien y para que Camacho enseñe los sobacos al mundo, quizá un modo salvaje de aterrorizar al enemigo (Guasch sabe), una manera de decirles a todos que esta vez vamos en serio, agonizando siempre, pero en serio.

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