Grupo B | España 3-Eslovenia 1

El mejor comienzo

La Selección ganó en su debut 52 años después / Raúl abrió el marcador / De Pedro fue el mejor.

<b>ALEGRÍA DESBORDADA.</B> Morientes y Raúl  felicitan a Valerón después de que el canario hiciera el segundo gol español.
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Cielos, viva España y los coreanos con la banderita, que empezamos como siempre y acabamos como nunca. Porque ganamos y hasta jugamos bien quince minutos, lo prometo, que con estas cosas no se bromea. Cuando España se liberó de sí misma, cuando se desordenó, cuando jugó al fútbol sin recitar la lista de los Reyes Godos descubrió que Eslovenia es un equipo de balonmano.

Después de 52 años conseguimos vencer en un estreno mundialista y esperemos que eso cambie el ánimo de un equipo que arrastra complejos históricos. Siempre han dicho que la Selección no ganaba porque no tenía personalidad: es mentira. La tenía, pero reprimida. De hecho, contra Eslovenia, España empezó a jugar como siempre, es decir mal, al ritmo militar que marcaba su rival, haciendo el paso de la oca.

Y en plan disciplinado y estratégico no somos nadie. Nunca lo fuimos. Esos son recursos de equipos inferiores y España tiene futbolistas demasiado buenos para que se pierdan en el sistema. Por eso no tuvimos el balón en los primeros 20 minutos.

El partido empezó espeluznante. En el minuto 3 Casillas salvó un remate de cabeza a bocajarro. Eslovenia era fiel a sí misma y España también era fiel a Eslovenia: encorsetada, triste, como siempre, vamos.

Cuando la Selección se atrevía a tocar la pelota el rival se desconcertaba y sacaba el hacha. Pero España no repetía, se tropezaba. Sus únicas llegadas a la portería eslovena en la primera media hora fueron dos faltas lanzadas desde Wisconsin por De Pedro. Luis Enrique no funcionaba en la banda; el centro del campo era incapaz de imponerse, Valerón estaba missing y hasta Puyol sufría con un extremo del chiste.

Pese a todo, cuando la Selección se revolvía, se despejaba la niebla y los rivales se descubrían como unos soldaditos obedientes. En el minuto 35 Raúl avisó con un cabezazo inocentón. El pase fue de De Pedro, que era el único que entendía el partido, el único capaz de tomar el mando, de hacer cositas, de meter pases. No ocupa la banda como un extremo (ay, Joaquín y Vicente), pero es un buen futbolista, alguien que conoce el oficio, que este chico ha sobrevivido a Clemente y a Toshack.

En los últimos minutos de la primera mitad, cuando nos amenazaba la sombra del desastre, España apeló a la heroica, se sacudió, Luis Enrique abandonó la banda y empezó a jugar como lo hace en el Barça, con peligrosísimas llegadas desde atrás. Así nació el gol. Luis Enrique contra el mundo. Internada a trompicones, hasta el corazón del área, cien rebotes y el balón que le llega a Raúl, franco, que puede chutar, pero que en lugar de hacerlo amaga y el defensa entra al trapo como un morlaco y deja el pasillo libre para que Raulito marque. Minuto 43 y España resucita.

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En la segunda parte el equipo se transformó, se alegró, siguió tocando, fue más anárquico, se hizo mejor, hasta entró en juego Tristán, hasta Juanfran subió la banda. En ese estado de ánimo llegó el segundo gol, con un pase maravilloso de De Pedro que cogió la espalda de la defensa y encontró el remate exquisito de Valerón.

Quiero pensar que en ese momento España mató su trauma. Hubo un gol esloveno y otro de Hierro de penalti generoso, pero lo importante ya no estaba en el campo sino en la mente de los futbolistas, en la cabeza de Camacho y en el corazón de todos los aficionados españoles. Si enchufamos esas cabezas a estos corazones lograremos la conexión que parecía imposible: ser felices con la Selección, ser de España.

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