De esta no pasa
Sentarte delante de la televisión para ver el primer partido de la Selección española acabó por convertirse en una tortura sólo comparable a un programa de José Luis Moreno. Así discurrió nuestra infancia, un palito cada cuatro años, y así se escurrió nuestra juventud, cada cuatro años, palito. La audiencia no se resintió (pasa igual con Moreno) porque siempre tuvimos la esperanza de que algo cambiaría y porque, todo hay que decirlo, acabamos por disfrutar con el desastre y posterior crucifixión.
Hemos cambiado de siglo, somos un país adulto (dicen) y el prototipo de españolito ha pasado de Arévalo a Bustamante, lo que puede entenderse (siendo optimistas) como una evolución. El país ha sufrido una transformación total y España afronta animosa sus últimas asignaturas pendientes. Por ejemplo, Eurovisión, donde sólo nos privó de la victoria una confabulación letona-maltesa, que lo dijo Uribarri.
Noticias relacionadas
Hoy hay que confiar en la victoria, ciegamente, porque nuestros jugadores ya no tienen complejos políticos, ni están en inferioridad física, ni anímica, por muchas razones psicológicas y por otras sólo lógicas: después de 52 años toca ganar, pura estadística.
Nuestros chicos siempre salieron con susto al campo, agarrotados, con más miedo de la Prensa que del seleccionador o coleguilla. Y eso ha cambiado, porque Camacho enfadado da mucho más terror que un periodista con una motosierra. Camacho, cambiante, venado y pasional es lo más parecido a España que se me ocurre: conviene ganar, por no aguantarle después.