Míchel, cara y cruz

La fiesta italiana comenzó el 9 de junio. Luis Suárez había trabajado con esmero y existía una enorme expectación por ver a la Colombia de Pacho Maturana y lo que sería capaz de hacer Costa Rica con el trotamundos Milutinovic. Pero, como siempre, nuestra obsesión era España. Tras la excelente fase de clasificación, nos fuimos a Italia pensando en una actuación feliz que mejorase lo que ya conocíamos y habíamos sufrido.
El primer partido fue en Verona y el rival era Uruguay. España jugó mal y no pasamos del empate a cero, y eso gracias a Rubén Sosa que, a 19 minutos del final, lanzó a la grada un penalti. A partir de ese momento y según aseguraron los expertos, Luis Suárez perdió el control del equipo y, no sé si real o inventado, la rumorología aseguraba que la manija la llevaban dos o tres jugadores que imponían al seleccionador nombres y tácticas. Conociendo a Luis Suárez, yo nunca me lo llegué a creer del todo, pero conociendo también el carácter de algún torero, tampoco hubiera sido extraño que intentaran influir. Lo cierto es que Suárez cambió el equipo. Desaparecieron Jiménez y Manolo por Górriz y Julio Salinas. En el cambio ofensivo fue donde se centró la polémica. En el primer partido Manolo no se adaptó al fútbol largo del equipo. Recibía e intentaba finalizar y eso obligaba a los centrocampistas a un esfuerzo de sube y baja.
Aparece Salinas
La aparición de Salinas se achacó a los pesos pesados del vestuario, que exigieron a Suárez la presencia de Julio, por entender que el vasco se ofrecía siempre, recibía, retenía el balón, esperaba la llegada de Míchel y Martín Vázquez y el juego era más abierto, fluido y profundo.
Los jugadores se enteraron de que los periodistas señalaban a Míchel como el gran protagonista de esta presión, aunque, pienso que en este caso, como en tantos otros, unos son los que estiran la cuerda y otros los que dan la cara. Lo cierto es que frente a Corea y a pesar de no hacer un juego demasiado relevante, un futbolista sobresalió muy por encima del resto: Míchel. Marcó los tres goles, uno de ellos precioso, sacó a relucir su temperamento y festejó sus tantos, especialmente el tercero, con un entusiasmo y una rabia especiales, levantando el dedo índice hacia el cielo y gritando: "Me lo merezco, me lo merezco...". Míchel soltó en aquel momento toneladas de adrenalina. Fue una especie de respuesta a quienes le habían adjudicado el dudoso papel de padrino instigador. Más tarde volvió a ser el protagonista, pero por otra razón.
El gafe
No fue un Mundial de grandes anécdotas, pero empezó con la derrota de Argentina ante Camerún y mantuvo firme la creencia de que el presidente argentino Carlos Ménem era gafe. La albiceleste del doctor Bilardo, con una concepción del fútbol opuesta a la de Menotti, fue, una de las más flojas de la historia, pero estaba Maradona. Un Maradona con problemas físicos, propensión a engordar y una aureola de genio que dividió a Italia en dos facciones: los que querían que ganará Italia y los del sur, especialmente los napolitanos, que arrastrados por el carisma de Diego animaban a Argentina.
Las carencias de Maradona se hicieron notar. Igual que en México, marcó un gol tras parar el balón con la mano. Frente a Brasil apenas participó, pero el primer balón que tocó, terminó en un pase magistral a Caniggia que marcó y eliminó a los brasileños.
Broncas y peleas
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El tercer partido de España nos enfrentó a Bélgica. Los goles de Míchel y Górriz nos dieron el triunfo. España estaba clasificada y en octavos esperaba Yugoslavia. En Cerdeña, la Policía hacía horas extras para frenar a los hinchas ingleses y holandeses. Broncas, peleas, salvajismo, heridos, detenciones, deportaciones... Una vergüenza para el fútbol. En Verona y a más de 30 grados, Luis Suárez presentó un equipo lógico que pudo y mereció ganar, pero... Stojkovic nos mató en la prórroga con un lanzamiento de falta directa. Y ahí volvió Míchel al primer plano. La pelota lanzada por Stojkovic iba directa a la cara del madridista, que la quitó y por allí pasó la pelota hacia la red de un sorprendido Zubizarreta.
Alemania, de penalti inexistente pitado por el mexicano Codesal, ganó la final de Roma a los argentinos, que no podían aguantar las lágrimas, especialmente Maradona, quien pronunció palabras durísimas mientras sollozaba inconsolable.