Las elecciones al COE, un acto de fe
¡Vaya día el de ayer! Guirigay en el Congreso porque el PSOE quiso sacar los colores a Gómez Angulo, y Soler-Cabot que impugna las elecciones a la presidencia del Comité Olímpico Español (COE). Es difícil pensar que hubiera pucherazo en el sentido de que las papeletas de un candidato hubieran pasado a las del otro, pero Soler-Cabot tiene todo el derecho a no dar por bueno el recuento hasta poder comprobarlo con sus propios ojos. Y no pudo verificarlo porque las papeletas no aparecieron. Es un hecho, por tanto, que hubo falta de transparencia. Y por ahí viene el lío.
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La verdad es que la asamblea en la que se eligió presidente reveló la necesidad de que algo tiene que cambiar en el COE. Se volvió a la época en que se prohibió el acceso a la prensa con la excusa de la falta de sitio. El problema se hubiera resuelto con algo tan común en el siglo XXI como habilitar una sala para utilizar el sistema de las videoconferencias, que permite ser testigo de cuanto ocurre sin necesidad de estar presente físicamente en la asamblea. Esta carencia de modernidad también fue evidente a la hora de escrutar los votos, momento en el que sí se permitió la entrada a la prensa.
Se esperaba un recuento transparente. Se cogen las papeletas, se leen en voz alta y en un panel va apareciendo el escrutinio. Estamos hablando del COE, un organismo rico, con edificio propio, con un presupuesto de 2.000 millones. Pues el recuento lo hicieron dos personas cuchicheándose los votos en la esquina de una mesa. Al final, la infanta doña Pilar lee: "Total de votos, 248; nulos, 3; en blanco, 15; 137, José María Echevarria; 93, Soler-Cabot". Nadie es quién para dudar del cómputo, pero a la vista del sistema empleado, dar por bueno el resultado es un acto de fe que Soler-Cabot se niega a hacer.
