Escartín pisa podio
El mexicano Pérez Cuapio ganó una etapa en la que Casagrande perdió una gran ocasión. Escartín ya es tercero y Aitor González también sueña con el cajón

Tenía la tentación de decirles que esperaba una magnífica etapa y que no sucedió nada. Pero mentiría. Porque para que no pasara nada tuvieron que suceder muchas cosas. Vayamos por partes. Ayer era el día de Casagrande, un tipo sin pizca de fortuna que se ha encontrado de repente con la mejor jugada de su vida, póker de ases, enemigos muertos, viento a favor. ¿Y saben qué? Que no tiene fuerzas, que es incapaz de vivir con suerte, de empujar la pelota.
El Giro se le ofrece a Casagrande como una novia en la noche de bodas y el pobre Francesco se ha bloqueado ante la cama, con la pajarita torcida, pensando, quizá, en Garzelli y Simoni, que es como recordar a los ex novios de la doncella en pleno salto del tigre. Sólo tenía que atacar (levemente) en la montaña y resistir (ligeramente) en las cronos. Bastaba eso para ganar por incomparecencia.
Sin embargo, el Giro da un giro porque el capo es de mantequilla (burro, en italiano) y regresan nombres de ultratumba como Frigo, que ha pasado de zombi en la primera semana a favorito en la segunda. Y muy cerca del rubio platino, un manojo de tapados: Escartín, Aitor González, Hamilton, Savoldelli, Caucchioli y Belli. Todos ellos son el grupo de cabeza, la sombra de nadie.
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Puede ganar cualquiera y tengo la impresión de que el que lo consiga será más un superviviente que un superhéroe. Y Escartín ya está tercero sin salir en una foto. Y Aitor González ya se atreve a atacar en la montaña. Caso distinto el de Hamilton, que actúa como un candidato (se lo ha visto a Armstrong) y ayer reventó a su equipo (especialmente a Sastre) para descolgar a algún favorito. Y lo consiguió: terminó por descolgarse él.
Mientras los gallos sin plumas se controlaban y amagaban sin golpearse, se escapó un mexicano minimosca, Julio Pérez Cuapio, un escalador a la vieja usanza al que sólo le falta un buen mote. Entró victorioso y humilde. En el podio, cuando una azafata gloriosa le ofreció su sensual mejilla, Julito le dio un sincero apretón de manos, y a esa joven debía hacer años que no le daban algo así.