Comer perro, una tradición que no cesa
Corea ya ha recibido un aluvión de jugadores, aficionados y periodistas que van a participar en el Mundial. De este amable país asiático chocan algunas de sus tradiciones gastronómicas.

En Corea del Sur se come carne de perro y se seguirá comiendo porque forma parte de su cultura, guste o no a los occidentales que ahora pululan por sus calles con motivo del inminente Mundial futbolístico. Todo tiene un por qué y el que justifica ese hábito alimenticio tiene poco que ver con el sensacionalismo con el que se ha contado a veces. Ese amarillismo ha deformado la realidad de una costumbre que, contada sin tener en cuenta las circunstancias que rodean la ingesta de carne canina, le ha hecho mucho daño a la imagen de los coreanos. De alguna manera, los habitantes del país están hartos de que se les haya criticado y humillado desde la periferia del desconocimiento occidental.
La inclusión del can en la dieta habitual de este país del lejano Oriente viene del año 200 después de Cristo. En una zona en la que la mayor parte de la producción alimenticia estaba compuesta por el grano de arroz y los vegetales, la falta de proteínas en la dieta era alarmante.
Sólo había perros y bueyes y estos últimos no podían ser sacrificados porque eran la herramienta de trabajo de un pueblo que sólo podía vivir de una muy primaria agricultura.
El perro no tenía la condición de animal de compañía, que adquirió siglos después, y como sucedió en otras partes del globo en donde a alguien se le ocurrió matar una gallina, una vaca, un cerdo, un avestruz o un canguro y cocinarlo, en Corea se optó por el perro.
Sólo tres semanas
Tampoco se come todos los días, ni todos los coreanos lo incluyen en su dieta. Generalmente solo en tres semanas del año, que según su particular calendario serían las llamadas chobok, chuing-bol y mal-bok (primera semana, segunda y última).
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Estos veintiún días coinciden con el verano más caluroso y cuando las altas cotas de humedad en el ambiente aplanan las mentes y desgastan las fuerzas físicas. Era entonces cuando los campesinos necesitaban un aporte extra de proteínas que les proporcionara energía para poder seguir doblando el espinazo en las ingratas labores del campo.
Ahora son menos los coreanos que lo consumen, pero entre ellos se encuentran algunos modernos ejecutivos a los que se les ve consumirlo en los restaurantes y se niegan a ser fotografiados. ¿La razón?: se sintieron humillados al ser criticada desde algunos medios de comunicación una tradición cultural que tiene un por qué lógico y una antigüedad de dieciocho siglos.