La ley del voleón
La volea es una suerte extremadamente complicada en fútbol. Reúne varios elementos en coordinación: control de la velocidad de caída del balón, precisión al soltar la pierna, contacto exacto para rectificar la dirección de la pelota, estabilidad en la pierna de apoyo, dirección del giro...En definitiva, completar correctamente esta acción es obra de especialistas. Y si además se tiene el cuajo de completar la obra en una final de Copa de Europa, entonces hablamos de un futbolista excepcional como Zidane y del gol que asombró al mundo.
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Acciones similares al voleazo de Glasgow se recuerdan con los dedos de una mano. Por ejemplo, aquél zapatazo de Van Basten en la final de la Eurocopa del 88 dejó también boquiabierto al planeta. Son momentos mágicos de exaltación de la técnica del fútbol, enmarcados en oro en la memoria colectiva. Y siempre asociados a jugadores con un talento superior para dar patadas a un balón o a futbolistas con un don natural para manejos específicos.
En el Real Madrid no han faltado especialistas de la volea. Pinino Mas nos viene a la memoria por aquella capacidad que demostró para empalmar el balón según llega por el aire. La rompía como nadie de primeras impactando su pie contra el balón en los saques de córner. Y si hay alguien capaz de imitar a Zidane a día de hoy, nos fijaremos en Roberto Carlos. El auténtico cañoncito heredero de Puskas. El brasileño volea con seguridad y potencia, aunque en los partidos no tenga tanto atrevimiento como su compañero Zizou. Por que ya se sabe cuál es la ley de un voleón: O entra por la escuadra o rompe el palo de la bandera. En la final, entró.