Ciclismo | 3ª Etapa

Cipollini se acerca más a la leyenda

Como no podía de ser de otra forma, el italiano ganó superando a Strazzer y a Hondo.

<b>OTRA VEZ.</b> En el arte de la volata, Cipollini, inigualable.
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La diferencia entre un campeón y un campeoníssimo es la eternidad. Los unos mueren; los otros, no. El término campeoníssimo nació en Italia para exaltar las hazañas de Alfredo Binda, el fantasma que pretende atrapar Cipollini en cada sprint. Habrán oído hablar del viejo Binda, porque Supermario escarba como un perro para desenterrar una leyenda que le permita escribir la suya propia.

Cipollini volvió a ganar ayer y, nada más cruzar la meta, su nombre se enredó otra vez con el de su enemigo invisible. Mario, 36 victorias de etapa; Binda, 41. Un poco más cerca. Y todavía quedan tres posibles llegadas al sprint, incluida la de hoy. Eso si Mario es capaz de pasar las montañas, cosa que nunca parece fácil porque en las cuestas nuestro apolo se transforma en un globero con culo de banquero.

Es probable que Cipollini crea que la única forma de trascender (de ser un campeoníssimo) sea alcanzar, al menos, el récord de Binda. Es curioso que el ciclista más bello se mire en el espejo de un albañil que nació hace 100 años (se parecía a Bugno) y que terminó por convertirse en el primer mito del deporte italiano. Ganó cinco Giros y tres campeonatos del mundo.

Hay que echarle imaginación para pensar que la etapa de ayer fue un renglón de una buena historia, la de un Cipollini que conseguirá ser eterno algún día. Pero habrá que quedarse con eso, porque todo en la jornada fue, como dirían los ciclistas, "pestoso": lluvia, frío, subidas y bajadas, muchos nervios.

En el kilómetro 30 se escapó un torerillo belga (que los hay), Marc Streel, que llegó a ser virtual maglia rosa al aventajar al pelotón en 18 minutos y 14 segundos (km 74). Algo es algo, debió pensar el aventurero.

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Nunca temió el grupo que el fugado se saliera con la suya y lo controló de una forma cruel, sin llegar a cazarle, dejándole soñar, incluso cuando ya estaba totalmente muerto, a tiro de un minuto. Tras 160 kilómetros en solitario, a 16 para la meta, Streel se subió al pelotón como quien lo hace a un tren en marcha.

Luego vino el zafarrancho, los codazos y el vértigo. Y entre todos esos valientes que no tienen sobrecarga de partidos surgió Isaac Gálvez, velocista del equipo Kelme, que resistió hasta el último metro y terminó cuarto. Ganó Cipollini, creo que ya lo dije, pero 36 triunfos después su bicicleta sigue llegando por detrás de la sombra del viejo Binda. Hasta que no le atrape no estará seguro de que dentro de 100 años alguien le recordará como un campeoníssimo, dicen que hasta guapo.

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