¡Somos rosa!
Juan Carlos Domínguez ganó la etapa y la maglia gracias a una gran crono en la que batió al favorito Verbrugghe. Cipollini amenazará hoy su liderato

Gusta pensar que al final se hace justicia y que la constancia tiene premio. Por eso es maravilloso que Juan Carlos Domínguez ganara ayer el prólogo del Giro y se vistiera de rosa, porque ha sido siempre un ciclista al borde de algo grande, en el que todos creyeron y en el que todos, poco a poco, fueron dejando de creer. Hasta que sólo le quedó un equipo de segunda fila y un director de primera, Álvaro Pino. En el podio, Domínguez, flamante líder, tardó casi una hora en abrir el botellón de champán, lo que es una metáfora de su carrera como ciclista, que la vida es caprichosa.
No es la suya la historia de un jornalero ni la de un torerillo, gente modesta que un buen día se encuentra con el triunfo. Juan Carlos Domínguez sabe bien lo que es ganar (ayer logró su vigésima victoria), pero también conoce lo que es generar demasiadas expectativas. Lo tenía todo, pero nada en abundancia. Suficiente para ganar pequeñas vueltas, pero poco para superar las grandes montañas, las que dan fotos y fama. Se quedó, pues, en un campeón de asuntos menores.
Nunca se sabe, pero quizá su victoria de ayer le abra esas puertas que va cerrando la falta de confianza. Porque su triunfo tuvo mucho mérito: derrotó al belga Rik Verbrugghe, ganador del prólogo hace un año, y una especie de bala humana que también está en la encrucijada que separa los caminos de las estrellas y los actores secundarios.
El Phonak, el equipo suizo de Domínguez y Pino, anuncia aparatos para gente con problemas de audición. Otra metáfora, porque eran muchos los que no habían oído hablar de esta formación y no se habían enterado todavía de que Álvaro Pino ha vuelto a la ciudad.
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Primeras conclusiones. Aunque sólo se leyó el prólogo y el libro será largo, dio para sacar conclusiones. La primera, que el Giro terminará por enganchar a todos los que lo despreciaron. La segunda, que puede ser el gran año de Carlos Sastre, el escalador sublime al que la ONCE dejó escapar. Cedió sólo 13 segundos con el líder. Entre las decepciones leves, Aitor González, que se llevó un susto en una curva y no se lo quitó del cuerpo hasta la meta.
La tercera conclusión es que Cipollini es necesario. Ayer salió vestido de tigre, con la bicicleta a juego. Aunque da escalofríos imaginar cómo puede ser su ropa interior, el bello da espectáculo y agita y moderniza un deporte aquejado muchas veces de una cierta pena existencial. Con ayuda de las bonificaciones, Cipollini saldrá hoy a por el rosa, el destino natural de los machos tan machos.