Síndrome de los cuarenta
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Hasta ayer no había percibido la llamada crisis de los cuarenta, y han pasado meses para que me llegara. Ya tengo un regalito del Centenario merengue. Ayer, viendo sobre el campo a unos tipos con sobrepeso y poca figura de futbolistas, me dio el yuyu. Y ocurrió porque se empezaron a amontonar recuerdos casi de adolescente, inalambricos de cinco kilos que uno cargaba en el hombro, gestas y lamentos. Por ejemplo, no es lo mismo ver una y mil veces las remontadas de la Quinta del Buitre que tener delante de los ojos a Scifo, mártir de aquella noche negra del Anderlecht. Viendo a un barrigudo Gerets, recordé mi primera entrevista conjunta con Míchel y Butragueño en Holanda, 24 horas antes de palmar de forma injusta otra semifinal de Copa de Europa. Entonces, uno era aún veinteañero. Ayer recuperé la imagen deteriorada de Gerets a cambio de la amistad perdida con Michel hace unos meses, algo es algo, ¿no?
Pero no todo fue tormentoso. Tal avalancha de nostalgia sirvió para sentirme privilegiado por haber visto a Altobelli ganar un Mundial en el Bernabéu en el 82, mi primer gran evento. También recordé el repasito que una tarde de primavera dio Stielike al Atlético en el Calderón. Él solito. De área a área. Vi aquel partido rodeado de amigos rojiblancos y ya no sabían si silbarle o sacar al alemán bajo palio. De Hagi, Matthaeus, Klinsmann o Cantona, los recuerdos aún son tan recientes que me permiten seguir imaginando que el tiempo corre pero no tanto. Eso sí, ayer me di cuenta de que en unos años tengo que buscar buenos tertulianos de fútbol...lo agradecerán mis allegados.
