Mi última maratón
Hoy correré mi última maratón. Esa es mi intención, aunque lo mismo en esto del correr sucede lo que en los toros, que con el tiempo vuelve el gusanillo y uno acaba regresando. Será el 37º, creo, maratón que corra. Espero, como todos los anteriores, terminarlo. Empecé aquel 21 de mayo de 1978, en el primer Mapoma, y quiero despedirme en sus bodas de plata. Lo hago porque mi cuerpo comienza a renquear. Veinticinco años después, notas que la recuperación ya no es la misma, que después de cada entrenamiento necesitas más descanso y que las articulaciones empiezan a estar fatigadas.
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Como los toreros, creo que hay que saber retirarse a tiempo, antes de que se produzca una lesión. Para mí el correr ha sido una actividad lúdica, no de superación ni de sufrimiento. Lo único que me importó siempre fue llegar a la meta en buen estado. El tiempo y la clasificación eran marginales. Lo que conseguía a cambio de los tres meses de preparación que exige una maratón era sentirme bien físicamente, fumar menos, beber menos y no alcanzar los cien kilos de peso. A cambio, un único sacrificio: sacar seis horas semanales para los entrenamientos. Tampoco son tantas. Mereció la pena.
Seguiré corriendo, por salud, pero maratones, la última. Hoy es un buen día para dejarlo. Por primera vez se ha alcanzado el cupo de inscripciones: 12.000. Se dicen pronto. Hace 25 años la maratón sonaba a chino; correr fue señal de modernidad, de bienvenida a la democracia, como ayer decía López Garrido. En EL PAÍS (entonces yo trabajaba en él) apostamos por las maratones. Gracias a unos planes de entrenamientos elementales, hechos por Ferrero, hoy entrenador de Roncero, no era necesario ser un atleta para salir en la maratón. Ahora ya todo es más fácil. Inténtenlo. Ganarán en vitalidad.
