El cuento y la moraleja
Yo a mis nietos (es fundamental que haya pasado mucho tiempo) les contaré que esto fue una proeza, que se libró una batalla épica, algo así como la conquista de América pero a lo bestia. Les diré también que el Madrid lo bordó (son niños, están acostumbrados a los cuentos), que el equipo fue un huracán, que el primer gol fue una vaselina imposible de Zidane, un señor que parecía un monje y bailaba con el balón.
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Cuando Raúl, Jordi y César me miren fijamente les hablaré de un héroe vestido de guardameta, un chico que algunos creyeron un porterito de provincias y que aquella noche se transformó en el mejor del mundo, un tigre, capaz de pararlo todo, capaz también de torear a un estadio entero que gritaba a su espalda.
Cuando hayan pasado muchos años sólo quedará el resultado, el 0-2, aquella victoria que rompió una racha negra, aquel Zidane, que nunca habrá futbolistas como los de antes, es posible que se recuerde a McManaman como una gran estrella. El tiempo es así, quieres hacer memoria y terminas por hacer poesía, pero cuando mis nietos me pregunten cuál es la moraleja de toda esta historia les diré que en la vida, pequeños, hay que tener suerte, mucha suerte, y ellos se pensarán, ingenuos, que ya empiezo a chochear.