Liga de Campeones | Barcelona-Real Madrid

Aquel gol de Evaristo

Juan Cruz nos desgrana los recuerdos que han quedado sellados en su memoria de aquel partido de la polémica disputado entre madridistas y barcelonistas en el Camp Nou.

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Aquel de Evaristo fue un sueño.

1960. El gran delantero azulgrana recibió un centro magnífico (en la memoria el centro es de Eulogio Martínez, y ya qué más da la realidad) y se lanzó en plancha -el locutor de entonces dijo en plongeon, pues entonces el fútbol se pronunciaba en extranjero- y marcó un gol de tan extraordinaria factura que se convirtió pronto, gracias a la fotografía de Pérez de Rozas, en una leyenda de la fuerza plástica, de la precisión del fútbol.

Un reloj de aquella época convirtió ese gol en su emblema publicitario y se quedó en la memoria de todos nosotros no sólo como el que le dio un triunfo del Barça sino como una feliz combinación de una delantera que ya estaba en la leyenda y en la que Kubala era el mito y Luis Suárez el estilo.

Primera eliminación. No sé si fue esa la de esa noche en que el Barça venció al Madrid en el Nou Camp y se clasificó para las semifinales de una copa de Europa que siempre ganaban los blancos, pero esta alineación ya no se olvida, y era la del año 60, cuando todos éramos más jóvenes y teníamos, también en el fútbol, todas las esperanzas. La alineación: Ramallets; Rodri, Olivella, Gracia; Segarra, Gensana; Tejada, Kubala, Evaristo, Suárez y Czibor. Entre todos esos nombres se cuelan otros, muy importantes: Kócsis era un delantero magnífico, cuyo cuello (esto lo recuerda Gonzalo Suárez, que en aquellos momentos escribía de fútbol como Martín Girard, y además era ojeador de Helenio Herrera, el mítico entrenador) tenía la fortaleza de un cañón y le permitía rematar de cabeza con una potencia letal; Vergés jugó ese partido, y marcó el primer gol; Tejada se fue después al Madrid, iniciando una sucesión de traiciones que va desde el propio Evaristo hasta Celades y Figo...

Y muchos recuerdos: Villaverde era el contrapunto sensato, aunque llevaba bigote, a las locuras de Zoltan Czibor; Eulogio Martínez, otro suplente de lujo, murió en un accidente desgraciado, Sandor Kócsis se suicidó en medio de la depresión causada por una enfermedad gravísima, Czibor también falleció en la tristeza, Ladislao Kubala, un mito mayor de nuestro tiempo, no está ahora con la mejor salud, y todos no sólo no somos los que ya fuimos, sino que además tenemos la melancolía de no haber completado con la felicidad máxima aquella vez que Evaristo marcó ese gol inolvidable.

Pues el Barça luego volvió a ganar en la semifinal, ante el británico Wolverhampton Wanders, y después se enfrentó en la final -en Berna, un sitio horrible, a media tarde- al Benfica; fue un encuentro épico en el que el gran Sandor hizo un partido extraordinario y estrelló goles cantados en un poste que estaba mal situado, en el que Ramallets desmejoró su buena imagen de siempre y en el que los portugueses, ay, vencieron por 3 a 2 y echaron por tierra una ilusión que nació aquella noche en que Evaristo batió sin remisión a Vicente...

La cuestión arbitral. De aquella noche del gol de Evaristo los madridistas tienen un recuerdo distinto, claro, pues ellos alegan que el árbitro de esa ocasión, que era Míster Leafe (¿o no?) anuló tres goles al equipo blanco. Entonces no veíamos los partidos por la tele (Alfredo Relaño lo tiene grabado, quizá para hacer sufrir a barcelonistas como yo), de modo que preferíamos pasar por encima de esas incidencias; nos quedábamos con el resultado, y si bien la Copa de Europa se fue a Lisboa, el orgullo de haber vencido en aquella noche épica del Camp Nou al equipo blanco dominó durante años la memoria de nuestro orgullo.

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Ahora que se acerca un choque similar, en época mucho menos dada a la épica, el recuerdo de aquel gol tiene connotaciones actuales. El Barça legendario de Helenio Herrera, el Barça inigualable de Maradona o de Cruyff, dejó ya de ser el Barça de Guardiola y de Figo. Es un Barça de Gaspart, un presidente que nos ha llevado por el tobogán de la histeria, y lo ha teñido todo tanto que ya no es ni siquiera el Barça de Rivaldo o de Saviola, o de Kluivert, o de Luis Enrique, sino el Barça de los recuerdos. Con los recuerdos a veces se ganan grandes victorias, pero no sé si esta vez tendremos a alguien que se lance en plongeon para llenarnos la vitrina del alma de la gloria de unos colores ahora tan desteñidos.

Mi esperanza es Luis Enrique, qué quieren que les diga.

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