No existe la máquina perfecta
Gebrselassie no entró ayer en la historia. Lo tenía todo a favor para ello. Unas marcas envidiables en 5.000 y 10.000 metros; también en media maratón, que es el mejor referente para las posibilidades que se tienen en la maratón. Tenía liebres puestas a su disposición. Y rivales, los mejores del mundo, para que la competencia no le hiciera desfallecer en su ritmo. Para hacerlo todo más fácil, el día que hizo ayer en Londres resultó ideal para correr. Tanto es así, que hubo récord del mundo, pero no el suyo, y el segundo clasificado hizo la segunda mejor marca de todos los tiempos.
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Con estos antecedentes, el récord de Gebrselassie parecía cantado. Un atleta africano, de Etiopía además, cuyos hombres parecen especialmente dotados para la maratón. Ahí están sus compatriotas Bikila, Wolde, Abera, todos ellos campeones olímpicos sin más medios a su alcance que unas piernas y mucho campo por delante para correr. Gebrselassie, además de ser etíope y de ser el fondista más rápido que haya habido jamás, se beneficia de la tecnología, de la medicina, de la biomecánica y de la preparación biológica que Holanda, donde vive la mitad del año, pone a su alcance.
Un hombre de sus condiciones, con un entrenador que le planifica, un médico que le asiste y un representante que le diseña la temporada, tenía que ser la máquina perfecta y haber estado ayer a años luz de sus rivales. Pero no. Sólo cabe sacar una enseñanza: a partir de los 35 kilómetros, cuando el organismo entra en deuda, no hay teorías que valgan. La maratón no perdona a quienes la minusvaloran. Y va Khannouchi, un donnadie en la pista, y rompe los pronósticos. Por cuatro segundos, una mejora tan pequeña que representa sólo el 0,05%, pero es así como se ataca a la maratón, desde la humildad.
