De los nervios al frenesí
Amo el olor del napal por la mañana. Lo dijo un teniente en Apocalipsis Now y a mí, que soy un poco bestia, me gustaría que lo hubiera dicho hoy Vicente del Bosque al abrir la ventana. Porque hay ambiente de batalla y si todavía quedaran caballos en Madrid relincharían inquietos, como sucede en las películas antes de que ataquen los indios, que no se los ve, pero están ahí.
En los días de gran partido las horas previas se estiran cruelmente. Fíjense bien y descubrirán como algún tipo hace extraños estiramientos mientras espera el metro. No tiene calambres. Es del Madrid y está calentando. Tampoco se extrañe si sorprende a su vecino increpando al gato. Se cree Del Bosque y ordena a Figo que se pegue a la banda. Hará lo que le dé la gana, ya conocen a los gatos.
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La última hora es un frenesí. Imposible fijar la atención en otra cosa. Cualquier distracción es una tortura. Suena el teléfono. Son los Plómez. Odian el fútbol o son del Barça, lo que todavía es peor. La tele no conecta todavía, hay que poner la SER, alineaciones confirmadas; juega Effenberg, mala suerte, ya le pueden quitar los alfileres que le había clavado al novio de la Barbie.
Los años, canallas, nos enseñan que son mejores los preámbulos que los grandes momentos. Por eso conviene disfrutar sin disimulo del cortejo, con toda la pasión posible, que si luego la princesa rubia nos da un bofetón siempre podremos renegar del fútbol, que como saben no es más que once señores en calzoncillos persiguiendo un balón.