Álex y Boris
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La estampa era tan patética como curiosa: Álex Corretja intentaba coger el balón de baloncesto en la cancha de entrenamiento de los Houston Rockets. Y la mano que había mecido y apuntillado la leyenda de Sampras no le servía al barcelonés ni para tirar a canasta, lo que hacía bastante bien Joan Balcells. Amargado por la mano vendada y dolorida, Corretja se limitó a pelotear con los pies, con un estilo de futbolista que haría plantearse algunas cosas al mismísimo Rexach.
Las esperanzas de España y de Corretja nacieron y murieron en el mismo instante, cuando Álex, transfigurado en Boris Becker, firmó una acrobacia, un arco iris de volea, esplendor sobre la hierba, que puso de rodillas a Sampras. "Fue la primera y única volea así en mi vida. Esas cosas tan brillantes que sólo salen una vez", dijo Álex. Acababa de ganar. Por fortuna para él, Álex no es Becker, en numerosos aspectos de la vida. Pero cuando se acuerde de esta eliminatoria será como la de aquella en la que Corretja laminó para siempre el halo carismático de Sampras. Y eso no lo hizo Boris Becker. Las voleas, sí...
