Vista al otro lado
La mejor imagen del estado catatónico del tenis en Estados Unidos es la sala de prensa de este Estados Unidos-España: se trata de la cancha de entrenamiento que habitualmente usan... los Houston Rockets de la NBA, aquí en Westside, provincia de Houston. Y no sólo eso: el club de tenis Westside es muy patético, pequeñito, lleno de instalaciones provisionales y con una tribunilla capaz... para 3.000 personas. A su lado, el Tenis Barcelona es el Palacio de Buckingham.
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Los jugadores españoles se cambian en un vestuario sin duchas, y la hierba del Westside es, en efecto y en relación a la de Wimbledon, un especie de prado para pasto, medio comido por unas vacas que en Houston no hay. Sí: aquí, la gente aún va a los gimnasios con camisetas que ponen: "Enron, la ilimitada máquina de dar crédito". Así les fue, claro.
Así que, entre televisiones que no funcionan, los periodistas trabajamos a sólo centímetros de los balones y las pesas con que trabajan (mucho menos que nosotros, por supuesto) presuntos ases de la NBA como Francis, Mobley o Norris, los desastrosos Rockets que han ganado esta temporada... uno de cada tres partidos. Pero hablemos de tenis: a John McEnroe le ha suspendido la ABC su programa La Silla, la Máquina de la Verdad en versión norteamericana, por... falta de audiencia. Si ni Super Mac despierta ya pasiones, ¿cómo quieren entonces que la gente vea jugar a Pete Sampras contra los españoles? No, el público americano hace lo mismo que Sergio García o cualquier hijo de vecino: mirar a Martina Hingis, a Anna Kournikova o a las dos acorazadas negrazas con divisa Williams. Cualquiera en su lugar haría lo mismo.
