La excelencia del deporte
Hay pruebas deportivas en las que habría que ponerse en pie para hablar de ellas. Una es la regata Oxford-Cambridge. Por solemnidad y por respeto. Cada año, el capitán de la embarcación perdedora acude a la universidad que ha ganado la última edición para lanzar un guante al capitán rival. Éste lo recoge en señal de que acepta el duelo; la revancha ya está en marcha. Así sucede desde 1829. Al inicio de cada curso comienzan las pruebas de selección y los elegidos inician los entrenamientos. No hay problemas para formar el equipo. Entre los estudiantes hay remeros muy buenos.
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En Oxford y en Cambridge no entra nadie por ser remero, pero sí hay remeros que, puestos a elegir, prefieren alguna de sus universidades para tener la oportunidad de participar en la regata. Un remero, sea del país que sea, sabe que nunca podrá ganarse la vida con su deporte. Tiene que trabajar o estudiar, y puesto a hacer esto último, qué mejor lugar para hacerlo que aquel donde el remo forma parte de la cultura universitaria. Por eso entre las tripulaciones hay olímpicos de EE UU, de Alemania, de Holanda... Estudian y, al mismo tiempo, reman. Y mucho. Casi tanto como estudian.
El sistema universitario les permite obtener créditos a través del deporte, como sucede en EE UU, pero no en España. De esta manera las tripulaciones pueden entrenarse sin poner en riesgo su expediente académico. Esta fórmula permite alcanzar la excelencia del deporte, con chavales que son tan buenos deportistas como estudiantes, gracias a una tradición que se mantiene viva desde hace dos siglos. Después de la regata, estalla la fiesta. Merecida se la tienen. Y al día siguiente, a estudiar. El remo quedará aparcado hasta el próximo curso. Con esos mismos chavales o con los nuevos que vengan.
