La lucha dura ya tres años
Hace tres años, en Lausana, Samaranch reunió a políticos y directivos del mundo entero para llegar a un acuerdo ante lo que se avecinaba. Francia había puesto patas arriba el deporte con sus registros en el Tour, que acabaron con 400 dosis de EPO incautadas, los ciclistas en el calabozo o huyendo por Suiza y la carrera a punto de suspenderse. Se había descubierto sólo la punta del iceberg, gracias a que un juez, por mediación de la ministra, interviniera para impedir que el Tour se convirtiera en una caravana de traficantes. Portaban fármacos cuya libre circulación estaba, y está, prohibida.
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Samaranch comprendió que el problema no era sólo que los deportistas se doparan, sino que había que acabar con los camellos y con quienes inducían al dopaje. Por eso invitó a una pomposa Conferencia Mundial sobre el Dopaje a los gobernantes, únicos capaces de poner todos los medios a su alcance en una batalla que las administraciones deportivas no eran capaces de ganar a base de controles. Se creó entonces la Agencia Mundial Antidopaje, para que políticos y Federaciones Internacionales establecieran unas reglas de juego iguales para todos. Han pasado tres años y aún está a medio camino.
Por un lado tiene problemas de financiación, pues no todos los gobiernos la apoyan; por otro, las federaciones de fútbol, ciclismo y tenis no están dispuestas a tener una normativa idéntica a la de los demás deportes. Argumentan que a sus profesionales no se les puede aplicar una sanción tan dura que suponga el final de sus carreras. Aceptan unas reglas, las suyas, y ya se encargan de rebajar las penas hasta un período simbólico. Y eso, si por el camino un buen abogado no logra la absolución y, de paso, hasta una indemnización. Por no ponernos de acuerdo, no nos ponemos ni en la Unión Europea.
