La excusa de la cumbre
No es la afición del Barcelona precisamente un ejemplo de pasión en el estadio. A diferencia de lo que ocurre en otros campos de Europa y América, el aficionado culé no sólo casi nunca llena las graderías, sino que asiste a los partidos de su equipo con una actitud que bien podría aplicar también a la ópera o el cine. Puro en mano, bocata en ristre y algún pertrecho azulgrana, para que no se diga, el soci o simpatizante sólo reacciona en dos ocasiones: cuando algún jugador se equivoca y entonces le dedica todo tipo de epítetos y descalificaciones, o cuando el Barça marca un gol, en cuyo caso aplaude unos segundos antes de volver a su postura zen.
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No será el Liverpool el rival que llene el Camp Nou. Habrá que esperar hasta el sábado para que la culerada no deje espacios vacíos en el cemento del estadio. Sólo el Real Madrid genera pasiones suficientes como para movilizar a todos, fríos y calientes, por igual. Ni el reclamo de un encuentro como el de mañana, en el que el equipo se juega el ser o no ser en los cuartos de final de la Champions League, obrará el milagro.
La excusa está servida: el caos de tránsito generado por la cumbre, las molestias que ocasiona, serán esgrimidos por la afición para justificar lo que podría decirse de otra forma. Este equipo no atrae, no engancha, y casi nadie se fía ya de él.