Copa del Rey | Real Madrid-Deportivo

¡Qué gozada!

La final soñada ya está aquí. Valerón-Tristán ante un Once de la Fama con César de titular

<B>ARTE PUBLICITARIO.</b> El cartel de la final destaca los cien años de historia de la competición.
J.J.Santos
Actualizado a

Conozco desde hace años a Lendoiro y, aunque disimule, no le llega la camisa al cuello. Hace tiempo que he descubierto también al otro Florentino y, pese a que la apretada agenda le tiene preso en las últimas veinticuatro horas, vive sin vivir en él. Es la magia del fútbol, el poder de un partido especial, la pasión por un deporte que no tiene antídoto posible. Y lo mejor para los que disfrutamos desde niños con él es que estamos como cuando nos llegaban los Reyes en Navidad. Contentos, eufóricos, contando las horas para que comience el partido. Lo dijeron los admiradores de Maradona en su día, los que veneraban al Maradona cuerdo y centrado, al Maradona idolatrado: "Hoy es domingo porque juega Maradona". Pues eso, hoy es domingo porque juegan dos de los mejores equipos de Europa que son de aquí, nuestros, y con la solvencia suficiente para hacernos disfrutar.

¿Se arrugará Irureta en el gran día? No creo. Todo lo contrario. Proteger el centro del campo con Mauro Silva y Duscher o Sergio es garantía de libertad para Valerón, Fran y Tristán. La seguridad que ofrecen Molina, Naybet o Scaloni en defensa es una prueba definitiva para el instinto mortal del Madrid en ataque. Sí, es como una partida de ajedrez pero a lo grande. Con peones de mil millones, alfiles de cinco mil y reinas de diez mil. Así es.

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Novedades. ¿Cambiará Del Bosque el libreto? Sí, eso parece. Mínimamente pero lo cambiará. Si César no es el titular en la portería nos habrá engañado a todos. Eso ya es cambio sustancial. Jugará César porque siempre le ha parecido al técnico un suplente con hechuras de titular. Dejará a Casillas en el banquillo porque siempre consideró que era un titular con tics de suplente. ¿Y el resto? Ni tocarlo. Figo jugará con el tobillo tan hinchado que parece una pantorrilla. Jugará con Helguera en el sitio que más le gusta, centro del campo con vocación ofensiva, porque Hierro está listo para asumir la responsabilidad en defensa. Y jugará arriba fiando la suerte al trabajo incansable de Raúl y la inspiración del francés Zidane.

Pero abandonemos por un minuto la pizarra. El partido de hoy es algo más, es sentimiento. La Copa, por cuna, protocolo y reglas de juego, es algo más. No hay tiempo para el error. El que la desprecia cae en las primeras de cambio. No influye tanto el presupuesto, ni el momento de forma. Es un envite salvaje en noventa minutos, es la concentración de emociones y sentimientos en un día señalado en el calendario. El hecho de ser finalista te da derecho a presumir, mover a las masas, salir en el banderín conmemorativo, pasar a la historia. Según cae la moneda del árbitro en el sorteo de campos, unos y otros contienen la respiración porque no tienen la más mínima idea de lo que va a ocurrir. Es el reflejo claro del tópico de siempre, del cara o cruz.

Se junta todo. Y está el Centenario del Madrid, que no es moco de pavo. Cien años de historia brillante, de pasear el nombre de nuestro país por el mundo. Eso lo reconoce hasta el nervioso Lendoiro en la víspera de jugarse su tercer título importante. Nadie puede discutir lo que ha significado el Real para nuestro deporte, ni para el fútbol mundial. Lástima que coincidan ambas fechas porque, de alguna manera, condicionan una final de por sí atractiva y espectacular y, al tiempo, alimentan la gula de los especuladores de todo tipo. Sea como fuere el choque de hoy es una alegría para la vista, un disfrute para el buen aficionado, una auténtica gozada. Disfrutemos de ella tanto como de las cotidianas pasiones que nos ofrece la Liga, del orgullo localista que nos brinda cada jornada de Copa de Europa. Merece la pena.

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