Las enseñanzas de Muehlegg
Muehlegg se dispone a regresar a España, o a Baviera, o a la Conchinchina, como un triunfador, aunque Rusia haya puesto en entredicho la legimitidad de sus medallas. Suele pasar. Mientras el caso no vaya a más, sus medallas quedarán para siempre en nuestra historia olímpica. Quedémonos también con lo positivo. Gracias a sus victorias hemos conocido el esquí de fondo y, sobre todo, que en el deporte no sólo gana el mejor, sino también el que más se entrena, el más trabajador, el más preparado. En este sentido, Muehlegg es un machaca, como lo eran Indurain, Cacho, Fiz, Abel...
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Volverá a discutirse sobre las influencias que ejerce sobre Muehlegg su entorno. La historia de la santera tiene morbo. Pero quedarse sólo con eso es una sandez. Si nos vamos a creer que Muehlegg vence por beber agua bendita, apañados vamos. Nadie gana por sus creencias. No conocemos ningún obispo, o cardenal, que se haya distinguido por sus hazañas deportivas. El Papa, a lo más que llegó, fue a calzarse unos esquíes sin ningún futuro. En este sentido, la fe no tiene más que un efecto placebo. Cuestión aparte es la preparación biológica, en la que si uno se excede es crucificado.
Sí, El Guerruj asegura que Alá le da la fuerza para correr, por eso le dedica sus victorias, pero no dice que no hay nadie en el mundo capaz, no ya de correr como él, sino de seguir sus entrenamientos. Ahí es donde está la diferencia que distingue a los campeones. Cuando uno alcanza sus límites y es capaz de seguir sufriendo, o se rompe o se vuelve el mejor. Muehlegg tiene una fortaleza física y mental descomunal. Mientras la mayoría de nuestros campeones se relajan después de ganar, él es capaz de permanecer dos semanas más preparando el asalto a la tercera medalla. Quien quiera, que siga sus enseñanzas.
