Tercer oro para Juanito
Muehlegg ofreció otro recital y refrendó que es el mejor fondista del mundo, aunque los rusos intentaron cuestionar su triunfo a causa de un primer análisis alto de hemoglobina, pero los dos siguientes fueron correctos.


La música de Bizet, Carmen, los ecos de Toreador y la visión de sus esquíes Fischer eran lo único que Johan Muehlegg podía sentir o ver, derrengado y con la cara cubierta de nieve, un Juanito atornillado y cubierto de oro tras la batalla sobre el hielo duro de Soldier Hollow. Pero, en esos instantes, cuando Juanito agarraba su tercera medalla de oro olímpica, los españoles se hallaban en pleno éxtasis o viaje de parapsicología. Porque lo que todos estábamos viendo allí era la resurrección de una figura casi alienígena, aquel Terminator que dinamitaba el Tour de Francia: si Muehlegg dice que en su otra vida fue español, ya no cabe duda: se trata del tío abuelo rubio de Miguel Indurain, de regreso de Alemania...
Por fuerte que saliera Muehlegg hubo gente que arreó como el mismísimo Satanás en presencia del Arcángel Gabriel. Las potencias infernales conjuradas para perder a Juanito se encarnaban en un ruso de Pskov: Mikhail Ivanov. Ruso-ruso, de los buenos, de los rojos, de los de "aquellos tiempos".
Pero la Rusia profunda se enfrentaba aquí a un carro de combate con motor Mark IV... santificado con agua bendita y los rituales de Justina Agostinho: demasiado. Los alemanes hablaban en su televisión de los apuros de Muehlegg no con el agua bendita, sino con los controles antidopaje. Curioso: el héroe teutón del día era... Ivanov.
Noticias relacionadas
Así que Ivanov tiró como lo que debía de ser, un ángel renegado enviado por Satanás y los rojos rusos contra el pobre Juanito. ¿Batalla perdida? No: además de los ritos de Justina y de su fabuloso arsenal de hemoglobina, Muehlegg tenía otro aliado adicional: el espíritu flotante de la familia Indurain, que debe asistir a Don Johann desde que se conocieron no sé hace cuántas vidas. En el kilómetro 25, Ivanov mandaba por 31 segundos. En el 33, el ruso ganaba por 38, pero sólo siete kilómetros después, al paso por el 40,5, la ventaja era sólo de 16. A cinco kilómetros del final, Johann pasó al ruso.
Final épico. El final fue épico, con el maldito Ivanov casi gateando en busca de la meta, mientras el buen y gran Juanito volaba a los alcances del enviado del mal y de los técnicos rusos. Los alemanes se quedaron sin ídolo y sin palabras, mientras Ivanov rodaba por la nieve de la meta y Muehlegg, confortado por la fe, se bañaba en oro. Ganó Juanito, claro: por 16 segundos. Y empezó a sonar Carmen con aquello de Toreador, cuando Juanito daba gracias a Dios, al Rey y Aznar. Pero en realidad no se trataba de Johann Muehlegg, de Baviera, sino del tío-abuelo rubio de Miguel Indurain, que emigró a Alemania: quede claro.