Ayer hubo Liga de baloncesto
Ayer hubo jornada de Liga en baloncesto. Pasó de puntillas, porque muy poca gente se dio por enterada. Por supuesto que hubo público en las canchas y que los aficionados que siguen la ACB sabían que había partidos. Pero si de lo que se trata es de que el baloncesto crezca, no es precisamente lo mejor programar jornadas clandestinas. Al deporte puede haber unos diez millones de aficionados españoles; la mayoría, incondicionales del fútbol. ¿Pero cuántos de éstos se interesarían por el baloncesto si las jornadas tuvieran emoción? Ahora, si se disputan en jueves y apenas hay nada en juego, importan menos.
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Esta Liga regular está interesantísima, porque hay cinco grandes equipos metidos en un puño. Les separan tres victorias, cuando aún quedan 13 jornadas en las que tienen que enfrentarse entre ellos. Ayer estaba en juego nada menos que el liderato con el partido del Unicaja en Valladolid; además, la posibilidad de que el Madrid mantuviera el líder a tiro, y de que el Pamesa y el Tau continuaran firme su persecución. O sea, que la jornada tenía los ingredientes necesarios para despertar el interés de todo aficionado al deporte. Pero éste tampoco es tonto. Perdieron todos los grandes y no pasó nada.
Sabe que los partidos estaban descafeinados. Al final, ganaran o perdieran los favoritos, todos acabarán encontrándose en los playoff. La Liga regular se convierte así en un largo tedio, abierto a un descarado e incontrolado mercadeo en el que jugadores van, jugadores vienen. En 21 jornadas se han producido 74 cambios entre altas y bajas de jugadores, la gran mayoría procedente del zoco comunitario, lo que al aficionado de a pie le provoca una enorme confusión, pues el jugador que veía hace un mes, al siguiente ya no está o se lo encuentra en otro equipo. Y así es muy difícil crear afición.
