Operación triunfo
La marea de Operación Triunfo ha sido tan alta y tan fuerte que está dejando en las playas de los medios de comunicación un enorme montón de restos del más diverso origen y pelaje. Junto con la general congratulación porque un programa bien hecho y que no apele a órganos que estén por debajo de las costillas de los espectadores haya tenido tal éxito de audiencia, hemos tenido que oír también otras cosas menos afortunadas. De todos es sabido que el éxito tiene mil padres y el fracaso es huérfano, pero la verdad es que considerar a O.T. como el paradigma de los valores humanos más egregios, espejo de jóvenes almas sin formar y faro de Occidente parece excesivo.
Alguien debiera señalar que tan sólo se trata de un programa de televisión. A modo de ejemplo, incluso ha habido quien no se ha recatado en identificar a O. T. con la ideología de su partido, por cuanto ambos defienden el valor del esfuerzo y el trabajo duro, la amistad y el deseo de superarse a través del aprendizaje. Pero la verdad es que eso lo llevamos defendiendo en Al filo desde hace un buen puñado de años. Y puedo permitirme esta afirmación tan poco modesta porque tampoco la hemos inventado nosotros.
Simplemente hemos decidido seguir una forma de afrontar la vida que hemos visto en deportistas y aventureros que admiramos. Y lo mismo que nosotros estoy seguro que lo están haciendo un gran número de jóvenes atletas en los más diversos deportes que luchan ahora mismo contra los inconvenientes que surgen de un deporte de base abandonado a su triste suerte y donde además de esfuerzo, compañerismo y deseo de superación, tienen que poner grandes dosis de imaginación y paciencia para suplir las carencias a las que se tienen que enfrentar cada día por la falta de interés de la administración. Ellos no pueden ir a ninguna academia, ni su familia y vecinos le podrán votar por teléfono mientras hacen un poco más rica a alguna operadora, ni les espera la fama, los cheques y los contratos, pero no por ello cejan en su empeño. Claro que tienen sueños, y luchan por ellos.
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También representan una alternativa al botellón, que tanto preocupa a nuestros próceres en estos cinco minutos que toca ocuparse de ello (a ninguno le hemos oído decir que una buena alternativa serían los deportes al aire libre) pero debe ser que un grupo de chavales compitiendo en un campeonato escolar o yendo al monte a escalar no crean tanta audiencia y por eso no merecen atención. Y es que son tiempos en los que sólo el triunfo parece ser un valor para operar en la bolsa de la res pública.
Pero ya sabemos lo voluble, peligrosa y estéril que puede ser esta forma de entender la convivencia y la política. Y también no estaría de más reflexionar sobre aquella pintada del Mayo francés en la que se decía que mil millones de moscas no podían equivocarse por lo que nos invitaba a comer lo mismo que ellas.