Los trapos de colores
Uno pensaba, ingenuo, que en los tiempos de la aldea global las banderas ya no importaban, quizá porque no tenían sentido estandartes en un mundo sin fronteras, quizá porque el mestizaje, al final, dejaría todos los colores confundidos. Pues no. Bastó que un alemán ondeara la bandera española para que se montara el lío.
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Unos se hicieron de Muehlegg al instante. Dijeron que daba gusto, qué majo Juanito, que ya podían aprender otros, capaces de lucir el banderín de los Escolapios antes que la enseña nacional, imperial sobre la nieve. Hubo, en cambio, quien no pudo soportar la imagen del teutón orgulloso agitando el rojo y gualda, pero quién se ha creído.
Muehlegg es raro como un pie, pero no es tonto. Por eso a la menor ocasión se agarra a una bandera o a una montera, o al Rey o a Aznar. Sería igual si un español de nombre Anselmo se hiciera alemán y dijera que se llama Hans Helmut, que adora el chucrut y que quiere conocer a Schroeder. O pareces imbécil o se enamoran de ti. En la película Ay Carmela Pajares y Carmen Maura eran cómicos en la Guerra Civil que se envolvían con la bandera de los soldados que ocupaban la platea. Así es Muehlegg, difícil saber si un traidor o un superviviente. Si te gusta él, la medalla es tuya. Su bandera es un capote, un engaño. En eso sí es un poco torero.