JJ.OO. | Salt Lake City

Juanito iguala el oro de Paquito

Muehlegg ganó la carrera de 30 kilómetros y se convirtió en el segundo español que logra el oro en unos Juegos de Invierno tras Fernández Ochoa.

IMPARABLE. Johann Muehlegg logró ayer una espectacular victoria y logró el segundo oro de la historia española en unos Juegos Olímpicos de Invierno.
Alejandro Delmás
Importado de Hercules
Actualizado a

Si alguien tenía alguna duda de que Johann Juanito Muehlegg se llama en realidad Juan Español, pese a haber nacido en Marktobersdorf, Baviera, el oro que llega desde las montañas de Utah, acabará de convencer a los incrédulos.

Porque el español de Baviera, que jamás ganó nada como alemán, se subió a lo más alto del podio de los Juegos Olímpicos gracias a una demostración, un nevado tour de force al más puro estilo de Bahamontes, Ocaña, Mariano Haro, el difunto Tarangu...

Así que Juanito Muehlegg, al que los alemanes, desesperados por su deserción, acusan de "espiritista", y que sí bebe agua bendita cuando se la da Justina Agostinho, su curandera particular, ganó el cielo mormón de Utah en una demostración de poder: la que él mismo había planteado aquí, en su casa de alquiler de las colinas del Valle del Soldado.

El soldado Muehlegg, tan disciplinado como todos los bávaros, sean españoles o no, se atuvo al único plan posible, por disparatado que parezca: tirar desde el principio, y que cada hombre cuide de sí mismo. Tranquilo ante el máximo peligro y ansioso de apuestas imposibles, Muehlegg, totalmente al margen de los técnicos federativos, apostó por la teoría de un desafío surrealista y hermoso. Y ganó. Arrasó. Lo que Bush quiere de los americanos, lo hizo el español de Baviera.

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Muehlegg destrozó a la competencia con unos pasos asombrosos: el primer hachazo llegó entre los kilómetros seis y siete. Al final de la primera vuelta al circuito (7,5 km), el primer grupo ya quedaba a 16 segundos. A media carrera, los perseguidores quedaban a minuto y medio.

Ahí, destrozado, abandonó el sueco Elofsson, su presunto gran rival. Poco después de los 22 kilómetros, Muehlegg empezó a emitir señales (falsas) de cansancio y (reales, doradas) de vencedor jubiloso. Tres kilómetros antes de la meta, el pelotón trasero se descolgaba a más de dos minutos, en plena lucha por sus pellejos y por las dos medallas restantes, que finalmente fueron para los austriacos Hoffman y Botvinov.

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