Tras el rastro de los campeones
España espera recuperar el espíritu ganador ante un difícil Marruecos.

Tras el gatillazo de hace un año en Holanda, llega la segunda oportunidad para ganar la Copa Davis sin el viento a favor y todos los semáforos en verde. Porque la gloriosa victoria de hace dos años, conviene no engañarse, estuvo bendecida por todos los santos (jugamos siempre en casa) y algunas carambolas cósmicas en forma de rivales desmotivados (Safin y Kafelnikov) o ausentes (Sampras y Agassi). Y visto que se sabe ganar con suerte, queda por ver si España es capaz de hacerse con la Copa Davis con la brisa de cara.
Pero en aquel año 2000, en el que salía champán de los grifos, se ganó algo más que una Ensaladera. Hubo magia, no sé si recuerdan, el público se emocionó y el tenis dejó de tener espectadores escayolados para convertirse en un infierno maravilloso y delirante, lleno de banderas españolas, Paquito el chocolatero y I will survive. Aquella ilusión que se prendió en Santander explotó en el Palau Sant Jordi y se recuperó en la gente (y en los jugadores) un sentimiento dormido desde los 60, cuando Manolo Santana y compañía jugaron dos finales contra Australia y los elementos
El Grupo Mundial de la Davis regresa ahora con Marruecos de invitado, un rival temible, cierto, como se han encargado de anunciar, quizá en exceso, presidente y capitanes. Porque si estos son buenos, los españoles son mejores, y por eso uno añora más un grito de guerra que un quejido.
Sin miedo a sudar. No hay que tener miedo a sudar, un temor este que suele invadir a los que se sienten superiores y se enfrentan a rivales que dan mucha guerra y poca gloria (véase Real Madrid).
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Y aunque ya va siendo hora de que se nos ponga cara de campeones, esta vez no bastará con enseñar el DNI para que salgan corriendo. En una encuesta reciente le preguntaron a Ferrero cuál era el tenista más fuerte en la red y respondió que Alami, ni Sampras ni Ivanisevic. Bien, pues Alami es el tercer jugador de Marruecos, la bala en la recámara, el dato que da idea de su potencial. Delante están El Aynaoui, un tipo rocoso en el mejor momento de su carrera, y Arazi, un genio de cabeza espumosa al estilo de Marcelo Ríos. Suficiente arsenal para montarte el lío si no hay concentración de gran evento.
Tampoco hay que ser un lince diplomático para imaginar lo que significaría para Marruecos un triunfo en estos días de mal rollo político. Tampoco hay que ser ministra para entender que hay otras reválidas más allá de los pupitres, las tizas y la ortografía. Hoy en Zaragoza, en el Príncipe Felipe y ante 11.000 espectadores, comienza la primera parte del examen, la más fácil: sólo hay que poner los puntos sobre las íes.