Conciencia intranquila
Casi nada es casualidad en la vida. Y la nula calidad de Pino Zamorano, tampoco. El desafortunado arbitraje que hizo el domingo está podrido de raíz, porque este señor no tiene la conciencia tranquila cuando hace sonar el silbato. Por dentro le debe corroer la imprudencia de ser madrileño, trabajar en Madrid, vivir prácticamente en la capital y haber hecho más trampas que un trilero para llegar a Primera. Con tan pesada losa a la espalda, seguro que cada día se levantaba de la cama temiendo que alguien descubriera lo que hoy descubre AS. Su carrera en el arbitraje no es limpia.
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No es el único árbitro que juega con la doble nacionalidad, digámoslo así. Por ejemplo, Fernández Marín es de la madrileñísima glorieta de Embajadores y está adscrito al Colegio Valenciano. Pero allí lleva más de veinte años viviendo y trabajando... Es una trampa razonablemente legal, aunque siga provocando polémicas cuando arbitra al Real Madrid o, en otro tiempo, al Atlético, club que era de sus amores siendo chavalín. Pero lo de Pino es un cante total que pone en duda su neutralidad. Y, a la vez, por esa misma posibilidad de parecer madrileñista a los ojos de la crítica, su fuero interno le tira hacia el bando contrario.
Pino ha hecho de prestidigitador, enchufado desde las alturas. Sánchez Arminio ha intervenido tarde y mal obligándole a vivir lejos de Madrid para evitar el escándalo. Pero no han podido evitar el ridículo arbitraje antimadridista que vimos en el Bernabéu por un problema de conciencia.