Tenis | Abierto de Australia

Agónico triunfo de Capriati ante Hingis

La estadounidense tuvo que salvar cuatro bolas de partido antes de una victoria que le reportará 596.000 de euros (99 millones de pesetas)

Capriati ha conquistado el torneo por segunda vez consecutiva tras remontar de forma épica la final sobre Hingis por 4-6; 7-6 (9-7) y 6-2.
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Hace falta tener suerte, eso está claro, pero también es necesario no dejar de correr, no dejar de creer. Y Capriati no se rindió, quizá porque cuando la vida te mete un susto otras adversidades menores se convierten sólo en un desafío, sin dramas y sin miedo. En Hingis sucede justo lo contrario: una existencia tan llena de triunfos que la confianza se desploma cuando llega el contratiempo, cuando no es suficiente el tenis y hay que empezar a sufrir. Y cuando toca sufrir, ella llora.

Son bonitos los partidos en los que cabe una telenovela. Y así fue la final. Hingis se puso rápidamente con ventaja en el marcador (5-1), pero pronto se vio que sería un partido recio, con durísimos peloteos desde el fondo. El público australiano tampoco tardó en decantarse: iba con Capriati. Es muy posible que llevados por el parentesco anglosajón, pero también cómplices de la única jugadora sobre la pista que tenía una historia que contar.

Hingis comenzó a perder su ventaja, mientras Capriati, empujada por las gradas, recortó distancias y se dispuso a sacar para empatar el encuentro (5-4). Pero el guión se quebró entonces por primera vez. La suiza rompió su servicio y se anotó el primer set. Era algo más que media victoria, porque hacía mucho calor (35º) y las fuerzas eran pocas.

En el segundo set Hingis llegó a dominar por 4-0. A Capriati le salió la vena italiana (su padre Stéfano es como un miembro de Los Soprano) y detuvo el partido con la excusa de visitar el cuarto de baño. Hingis, extrañada, la esperó sentada en la boca del vestuario para disfrutar del aire acondicionado.

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Con 5-3 Hingis tuvo su primera bola de partido y campeonato. Capriati la salvó. Con 6-5 las dos siguientes: una la falló la suiza y otra la ganó la americana. Y Hingis que comenzó a hacer pucheros. Y Capriati que empezó a agigantarse: los dientes apretados y los puños al aire. Así se llegó a la muerte súbita. La suiza estaba rodeada de fantasmas. Recordaba, sin duda, aquella final de Roland Garros 99 en la que servía para ganar el partido y de repente Steffi y los abucheos del público le dejaron sin título y avergonzada. No ha vuelto a ganar un Grand Slam desde aquel año.

Hingis volvió a tener un match ball (7-6), pero la tiró fuera. El resto fue sólo Capriati, el tercer set, sólo Capriati, contra una sombra incapaz de correr, con la parálisis que invade a los que están muertos de miedo, una joven aterrorizada por la idea de tenerse que poner a sufrir, ella, tan guapa, y a estas alturas.

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