Es que no les entienden
El Madrid ayudó tanto que hasta se vistió de árbitro, negro riguroso y luto un tanto desmayado. Con la carita que ponía Mejuto de a mí no por favor era difícil protestarle; más bien, al contrario, daban ganas de abrazarle y decirle que Rafa no volverá más y que el futuro tendrá el color de los chicles de fresa y un buen día el Bernabéu se levantará al tiempo para rendirle tributo por un gran arbitraje. El Málaga, que salió de chiqueros como los toros de los dibujos animados, no lo puso tan fácil. Primero, Darío Silva, que es de esos tipos que podrían haber hecho que Estados Unidos ganara la guerra de Vietnam. Luego, Dely, con propensión al piscinazo, y Gerardo, pasadito de vueltas. Entre todos intentaron prender la mecha de un partido que comenzó con pañuelos negros, forma un tanto rudimentaria de protestar por la ineficacia arbitral y el centralismo opresor.
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No fue un partido complicado ni con jugadas excesivamente polémicas, pese a todo. Hubo cargas y enganchones en cada área, pero demasiado sutiles para levantarse en armas. Todo fue tan políticamente correcto que hasta Hierro, acusado por levantiscos exaltados de ser primo de Jack el Destripador tuvo que abandonar el choque por una entrada exagerada del indultado Romero. Lo más grave lo descubrió la televisión a cámara lenta. Imposible achacárselo al atribulado Mejuto. Roberto Carlos aprovechó un salto con Gerardo para soltar la pierna y clavarle los tacos en un gemelo. Mereció ser expulsado.
No hubo guerra, en contra de lo previsto. Quizá porque el carácter del árbitro gusta de aparecer cuando menos se lo espera: en partidos demasiados burdos para pasar a la historia o demasiado buenos para no dejar su sello. Ayer todos los ojos estaban puestos desde el primer momento en Mejuto, tanto que se sintió Zidane, se gustó y miró con recelo a aquel tipo calvo vestido de negro, que hay que estar loco para hacerse árbitro.