Pitando a la inglesa
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Carolina me ayudó a soportar el insufrible mareo que nos provocaba el realizador de televisión y la absurda mancha del balón mundialista que nos mosqueaba continuamente porque parecía botar descontrolado; era como si llevara un pegote de barro y en cualquier momento fuera a traicionar la intención del fino estilista que lo golpeaba. Carolina, mientras, a lo suyo. Pocos aspavientos, discreta hasta para subirse el tirante del sujetador, aplicando muy bien la ley de la ventaja y, fundamentalmente, dejando jugar. Vamos, que no tuvo la tentación de chupar cámara en un día tan especial para ella. Y no es fácil. Miren cada domingo las ganas de protagonismo de muchos de sus compañeros en Primera División. La mallorquina estuvo sobria, siguiendo el juego muy de cerca pero sin molestar, apercibiendo verbalmente en vez de abusar de las tarjetas, hablando lo justo con los que realmente son protagonistas. Vamos, que Carolina les hizo un flaco favor a los que se han metido en pleitos para reivindicar una suma astronómica en los jugados por los presuntos derechos de imagen que explotan las televisiones de los señores colegiados. Ella salió muy poco. Mejor.
Y eso que Carolina tuvo el enemigo en casa. Se trajo de viaje a la capital a un asistente que no cazaba un solo fuera de juego. Ni siquiera el de Helguera cuando marcó el segundo tanto del Madrid. No se enteraba de nada y, en otro partido, hubiera sido motivo de bronca sonora y, posiblemente, habría amargado su plácido debut en tan importante plaza. Los jugadores, caballerosos al principio con besos incluidos de los capitanes, decidieron vivir el auténtico espíritu de un derby madrileño en la segunda mitad y eso también pudo haber desquiciado a la árbitra. Primero con Roberto, que intentó disimular su torpeza cara a gol con un piscinazo en el área. Luego con la picardía de Rivera, que empujó a un defensa para que la jugada acabara en gol, gol bien anulado. Incluso hay que dejar en anécdota la pillería del Atlético cuando sacó dos veces de centro de campo. Anécdota que afea su buena labor. Enseñó las tarjetas justas, sin miraditas que perdonan la vida y con un estilo muy inglés que ayudó al espectáculo.
