Así es Korea
Hace varios años visité el país que será sede del Mundial para la selección española. Asiáticos latinos sin perder su sentido hospitalario y las raíces que Buda y Confucio dejaron en sus gentes miles de años atrás.

Un lugar tan desconocido como encantador, estigmatizado por la invasión japonesa primero y la división del país después. Han curado sus heridas abriéndose al mundo, occidentalizando aquello que no rompía la armonía de unas tradiciones sagradas. Aunque el béisbol es el deporte favorito, la pasión por el fútbol sigue creciendo.
Si te dejas llevar por la primera impresión, dirías que estás en cualquier ciudad norteamericana. El aterrizaje en el aeropuerto internacional Kimpo de Seúl y la llegada a una metrópoli de más de diez millones de habitantes así parecen indicarlo. Grandes rascacielos, frenética actividad comercial, prisas de los viandantes y un tráfico infernal. Pero no, estamos en Corea (Korea para ellos) y a poco que levantes el envoltorio te encuentras con un país fascinante que conserva una cultura desconocida para la gran mayoría de occidentales.
Las distancias son cortas entre ciudades, pero no los contrastes. A dos horas de camino de la bulliciosa Seúl, podemos retrotraernos trece siglos y pasear por la que fue durante mucho tiempo capital: Kyongju. Allí no hay aglomeraciones, ni prisas. Todo es calma. En la gruta de Sokkuram, donde está una estatua de Buda de 33 metros de altura, se descubren los valores de un pueblo acostumbrado a tomarse con mucha paciencia las adversidades. Ocurre lo mismo si desciendes unos kilómetros y visitas el templo budista más importante del país. Con un modesto almuerzo y sentados frente al responsable del templo, el tiempo se detiene y toma sentido el respeto a los mayores y la meditación.
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Todo ello ayuda a comprender cómo los coreanos aceptaron organizar conjuntamente un Mundial con el que ha sido su gran enemigo, lo que ellos llaman el pueblo invasor. Las viejas heridas con Japón parecen haber cicatrizado con la llegada de la fiebre futbolística, aunque no olvidan ni un momento el período colonial. Esa amargura no es comparable a la de que sus hermanos del Norte no puedan disfrutar de la fiesta del fútbol. Un buen día del año 1948 se acostaron siendo un país y se levantaron con una frontera irreal que marcaba el paralelo 38. La historia de la dos Coreas es el último episodio de la mal llamada guerra fría.
Por un mes, el béisbol, importado también por los americanos, perderá protagonismo entre los entusiastas coreanos. Llenarán los estadios de fútbol, aturdirán a los jugadores golpeando unos curiosos artilugios de plástico durante los noventa minutos desde la grada y regalarán millones de sonrisas. Un pueblo que sabe sonreír, sabe vivir. Ojalá que la estancia allí se alargue hasta el mismo día de la final.
