Adiós por la puerta grande
Camacho está feliz en la Selección, mucho más que tras los éxitos del primer año. Superada la decepción y los palos de la pasada Eurocopa, José Antonio le ha tomado cariño al entramado de las distintas categorías de nuestro fútbol, al trabajo de sus colaboradores, a los títulos de los más pequeños. Eso ha ido frenando sus lógicos impulsos de vestir el mono de trabajo cada día. Además, y a diferencia de otros que le precedieron en el cargo, no le hierve la sangre porque otros ganen el triple dirigiendo a un equipo. Lo suyo no fue nunca una cuestión de dinero (que se lo pregunten a Onieva). Pero, pese a lo expuesto, está casi convencido de que ha podido llegar la hora de dejarlo.
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Si gana el Mundial la presión podría con él. No habría forma de decir que no. Por eso juega fuerte sabiendo que su destino como seleccionador pasa únicamente por una gran gesta, por el título más deseado desde siempre. Cualquier otro papel le dejaría frío. El siguiente peldaño (igual de difícil), el de las semifinales, abriría el debate de su continuidad, pero me da que él no está por la labor de seguir. No quiere que se le pase el arroz, la vitalidad que le ha llevado a marcar un sello en los equipos que ha dirigido.
Yo me sumo a las exigencias del técnico. Hay que pedir más que nunca que los que acudan al Mundial vayan con el convencimiento de que sólo vale ganar, que lo demás es alimentar la frustración histórica, que Francia, Argentina o Alemania están a nuestro nivel pero no son superiores, salvo en carácter ya demostrado y en valor a la hora de llegar a la batalla definitiva. Camacho, y su doble en Canal Plus, dicen lo que dicen con un sentimiento que va más allá del puro patriotismo barato, lo dicen con el fervor del que ha pasado por la amargura de la derrota una vez tras otra. Es más, si consiguiéramos el título, no me extrañaría que Camacho, emocionado y feliz, también decidiera dejarlo... por la puerta grande.
