Los ecos de Fred Galiana
Exuperancio Galiana, Fred, como le pusieron los franceses al relacionarle con Federico Martín Bahamontes, fue un boxeador muy peculiar.

Todavía conserva Fred Galiana (Quintanar de la Orden, 1931) la mirada convencida de los púgiles de leyenda. Aún sonríe el viejo campeón de Europa de los plumas cuando el alzheimer le deja recordar lo grande que fue. "La enfermedad no le viene por los golpes recibidos, es hereditaria", hace hincapié Nela, su mujer, con la que vive desde 1987 en Denia, harta ya de escuchar que la pérdida de memoria la engendró su marido en el cuadrilátero. Se le había perdido la pista a Exuperancio, su verdadero nombre. Algunos rumores incluso apuntaban a que por momentos, su vida había tocado fondo, que había seguido el curso de otros muchos como él, que lo tuvieron todo y el día después les amaneció negro y vacío.
Nada de eso hay ahora, y si lo hubo, que más da. En el presente descansa feliz junto al mar, junto a Nela, que ha sido su entrenadora, su manager, su enfermera, ahora su interlocutora, y siempre su esposa: "Quizá fui de las primeras mujeres que se puso un chándal en España y salió a correr. A él le costaba levantarse para entrenar y yo corría con él por la Casa de Campo para que se le hiciera menos duro. Nunca me importó hacerlo".
Cuesta asimilar el silencio de Galiana cuando se sabe que fue un tipo que siempre tuvo algo que decir. A la Prensa, a sus rivales ("probarán las tortas de Quintanar"), a la Federación cuando veía injusticias. Quizá ya dijo demasiado en sus años de esplendor. Más bien lo dijo todo. En el ring y fuera de él. Fue muy grande Fred Galiana, todo un personaje de una época en la que el boxeo se devoraba en España en blanco y negro, con una luz de fondo difuminada que se abrazaba con el humo de los puros. Cuando en los sótanos se entrenaban superhéroes de barrio, que cantaría Kiko Veneno.
Torero. Igual que se hablaba del currismo como forma de entender el toreo, se apuntaba al galianismo como un estilo de interpretar el noble arte del boxeo y la vida. El toreador del ring le llamaban por sus desplantes. Por cómo le enseñaba la cara a sus rivales y por cómo esquivaba las manos que le tiraban sirviéndose de unas piernas que bailaban y hacían esgrima a la vez. Era un boxeo limpio el suyo, pleno de técnica para pegar y engaños para protegerse. Mataba con la derecha, como los toreros. Y Las Ventas se llenaban para verle pelear-torear (de niño quiso ser diestro y con Chamaco padre hizo algunas tientas). Eso era el galianismo, un fenómeno de masas sin nada que envidiar al que viven hoy las vedettes del fútbol. "Los reventas siempre me decían que Fred era el único con el que ganaban dinero de verdad", afirma su mujer. No había suficiente para pagarle, y como sabía que siempre llenaba, Galiana firmaba los contratos a porcentaje de taquilla. "Ahí le engañaron mucho, metieron mano". Portada de las incipientes revistas del corazón, protagonista de múltiples biografías, no fue fácil la transición de la luz a la sombra.
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En sus idas y venidas a los cuadriláteros, hasta que optó por retirarse, brotó la otra faceta más popular del galianismo. Se fue dos años a Argentina y cautivó con sus puños y su ¡voz!, que mostró en la radio y la televisión. A su regreso, volvió rodeado de una gran expectación, no perdió ningún combate de los veintiuno que disputó al otro lado del charco. En su primera pelea después de su vuelta llenó Las Ventas. Volvía a hacer furor. El galianismo alcanzó su máxima expresión con su inmersión plena en la farándula: actor de cine (Escuela de periodismo) y teatro, y cantaor con Antonio Molina. "Le contrató para una gira. Al principio pensábamos que era una broma"
El boxeo le dejó a Galiana para montar una cafetería en la calle Alcalá y comprarse una casa en Doctor Esquerdo, en la que era vecino de su amigo El Cordobés. Tras la cafetería, dos gimnasios, uno en Madrid y otro en Marbella. "Siempre le quedará la espina de no haber fabricado un campeón. Era muy exigente como preparador, quería que fueran como él, pero eso era imposible. He visto mucho boxeo, y cuanto más he visto, más difícil me ha sido encontrar uno que se pareciera a él. Quizá Perico Fernández..." No hubo otro Galiana, pero sus ecos retumbarán siempre.