Bienvenido, Fernando
En dos semanas ha cruzado el umbral que separa a los malos suplentes de los titulares indiscutibles. Por su cabeza habrán pasado mil veces las jugadas donde se quedaba clavado, donde no intuía el pase del compañero. En su cabeza quedará para siempre guardado el secreto de lo que le estaba pasando. Y lo peor es que ni él mismo sabrá descifrarlo. En Praga, Morientes abrió el libro del buen delantero centro. Siempre atento, listo, contundente, resolutivo, peleón. Si la suerte le hubiera acompañado, se lleva el balón como recuerdo de cuatro goles en un sólo partido. Fueron dos que valen por esos cuatro.
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Si yo fuera Morientes, y puesto a dar las gracias, empezaría por su gran amigo Raúl y acabaría en Zidane. Los continuos desmarques del futuro balón de oro le abren el camino. Recordar nuevamente las sutilezas del francés, sobra. Pero no está de más insistir en el instinto depredador del nueve para leer de inmediato las intenciones de Zizou. Para jugar bien al fútbol hay que divertirse y el Moro parece que se lo está pasando bomba desde hace quince días.
Cinco goles en tres partidos (lo de Zaragoza mejor olvidarlo) demuestran que ha regresado a su hábitat natural del mismo modo que desapareció: sin explicación aparente. Seguro que Fernando no olvida tampoco el apoyo inestimable de un dúo que ha urdido en la sombra la continuidad necesaria para un hombre gol. Me refiero a Del Bosque y Camacho. La última llamada de la selección era tan inexplicable desde el punto de vista de los números, como comprensible si entendemos esa necesidad de recuperar a un goleador.
