A por todas
Ferrero ha derrotado a Ivanisevic y la pasada madrugada se ha enfrentado a Hewitt.
Pienso en el placer de ver jugar a McEnroe contra Borg. En los duelos que trascienden el deporte y se convierten en elecciones casi vitales: fuego contra hielo. Lo verdaderamente importante es que en estos casos el aficionado/espectador pierde el cómodo distanciamiento que le ofrecen el sofá y la televisión y se ve obligado a cruzar la línea. Debe tomar partido.
Porque hay algo suyo en juego, quizá su soberbia, o su espontaneidad, a lo mejor lo que se debate es el trabajo bien hecho, el esfuerzo como catarsis. O la perseverancia frente al desenfreno. También vale ser de Kournikova porque tiene las piernas bonitas. Es otra filosofía (muy común, por cierto).
Ferrero contra Hewitt lleva camino de convertirse en un clásico. Su forma de jugar es muy semejante, pero la diferencia, (y por lo tanto, la elección) nace de sus cabezas. Uno, genial y loco; el australiano. Otro, genial y cuerdo; el español. Es ahí donde surge su duelo, el pulso entre la pasión y el orden. Hay que ser sinceros y admitir que Hewitt es cinco centímetros mejor que Ferrero.
Lo demuestra su número 1 y el Open USA que ganó esta misma temporada. Pero no es menos cierto que Ferrero le tiene ganada desde la final de la Copa Davis la batalla psicológica, el pique personal que les acompañará toda la vida, aunque se hagan amigos algún día y se vayan juntos a comer sardinas. Son el haz y el envés, antípodas, Onteniente y Adelaida.
La llegada del mosquito a las semifinales se produce por la ventana. Nadie le esperaba después de su bajón tras Roland Garros. Sin embargo, su victoria de ayer ante Ivanisevic confirma su vertiginoso aprendizaje. Curado del complejo Kuerten, Ferrero jugó ayer como lo hacen los extranjeros que nos ganan siempre en pista cubierta. Sirvió bien, arriesgó con el segundo saque y restó aún mejor. Además, se llevó los dos tie-breaks, lo que invita al optimismo en un pueblo, el nuestro, acostumbrado a morir en las tandas de penaltis.
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Ivanisevic, que está de vuelta, contribuyó al homenaje y el resultado fue una fiesta de graduación tenística con jugadas en la red que parecían pensadas para los resúmenes de fin de año. En una de ellas se pudieron contar hasta nueve voleas con los dos tenistas asomados al balcón. Cómo será la seguridad que inspira Ferrero, que no importó que fallara cinco bolas de partido en el segundo set con 5-4 y servicio de su rival. Luego, en la muerte súbita decisiva, antes tiempo de canguelos, resolvió con seguridad inusitada.
Los caminos confluyen. En la fiesta del número 1 se cuela el nombre de Ferrero, entre los aplausos, Ferrero, en Sydney, en la semifinal, y con ese nombre retumba el miedo de los australianos, también el temor del mejor jugador del mundo, sabedor, seguro, de que ese Ferrero es la única persona capaz de arrebatarle todos los trofeos que se apilan en el trastero de su futuro.