Hewitt engulle a Ferrero
Cuando el rival te aplaude, malo. Si el adversario te felicita por uno de tus puntos debes empezar a preocuparte porque lo que quiere decir realmente es: "Animo chaval, algún día serás tan bueno como yo".

Cuando el rival te aplaude, malo. Si el adversario te felicita por uno de tus puntos debes empezar a preocuparte porque lo que quiere decir realmente es: "Animo chaval, algún día serás tan bueno como yo".
Es un gesto de abrumadora superioridad que tiene veneno, aunque vaya envuelto en celofán. Porque en las batallas encarnizadas ningún soldado aplaude al enemigo por un certero cañonazo. Pues en el deporte sucede igual. Si la pelea es a brazo partido, no hay felicitaciones ni galanterías, sólo gruñidos. Fíjense, nunca aplaude el que va perdiendo, a no ser que la paliza sea galáctica y la víctima caiga presa del Síndrome de Estocolmo. Pues Hewitt aplaudió a Ferrero. Fue por un magnífico passing paralelo a la carrera, es cierto, pero el golpe que debía hacer sangre hizo cosquillas. Para entonces, todo estaba perdido.
Más justo que suspender a Ferrero sería calificarle como no presentado. El duelo le pilló en pijama. Y para hincarle el diente a Lleyton Hewitt uno debe estar en armonía con el yin y el yang, absolutamente seguro de la agresión psicológica que va a sufrir y seguro también de cómo combatirla. Porque Hewitt salta a la pista con odio y hay que recibirle a puerta gayola. Y eso que el nuestro empezó bien, sostenido en su saque (ambos sumaron en blanco los cinco primeros juegos), pero bastó un arreón del australiano para romper el servicio y tumbar desde allí la fortaleza del español.
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Casi intimidado, Ferrero apostó varias veces por una dejada imposible, como quien quiere cegar al gigante lanzándole arena a los ojos. No le salió nunca y cada intento le debilitó más. Hewitt en su mundo, enfadado con el universo (ver perfil psicológico de Hristo Stoitchkov), sin regatear un solo esfuerzo, gritando camón ("come on", vamos), para festejar cada punto y cada hundimiento de Ferrero, camón, camón, camón. El tío es un camón.
Con 4-1 en la segunda manga, Hewitt perdió por vez primera su saque. Aquello le encabritó aún más y aceleró su victoria. Y al final, un gran salto de júbilo (para la foto) y un muestrario de gestitos tan habitual como lamentable, especialmente en una victoria tan fácil.