La selva de Salomón
El viejito Salomón debe andar muy ocupado tratando de acostumbrarse a dormir bajo techo y a encontrar comida simplemente mirando en su plato. Lo que acaba de pasar Salomón ha merecido un pequeño espacio para anécdotas en los telediarios, pero sin duda merece ser considerado como una aventura.
Son éstos tiempos en los que las palabras se desgastan y pierden brillo a la velocidad de la luz que sale de las pantallas de televisión. Palabras como aventura que lo mismo sirve para vender fondos de pensiones que fragancias o automóviles de gran alzada y feo aspecto. Y como aventura se nos ofrecen programas de televisión en los que se deposita a un puñado de tipos sobrados de tiempo y faltos de horizontes en una isla para que jueguen ante las cámaras a la supervivencia, mientras se enzarzan en riñas de campamento veraniego de adolescentes, lo cual, sospecho, es lo que de verdad interesa a los organizadores de ese teatrillo de las vanidades. Si el bueno de Salomón tuviese posibilidad y ganas, seguro que se llevaría una sorpresa viendo esos programas y esos anuncios publicitarios. De hecho, podría llegar a pensar que el resto del mundo está deseando ponerse en su pellejo y vivir la increíble peripecia que él ha protagonizado.
En 1965, Salomón abandonó El Salvador para trasladarse a Honduras en busca de una vida mejor para él y su familia. En ello estaba cuando, cuatro años después, estalló una guerra entre ambos países a causa de disputas por territorios fronterizos. Enmedio de las hostilidades, Salomón, con cuarenta años, huyó a esconderse en la selva. Aquella guerra duró cien horas. Salomón se ha pasado en la selva 32 años. Desnudo, luchando por su supervivencia casi en estado salvaje, alimentándose de lo que conseguía arrancar a un medio tan hostil, pasó once mil días de su vida el bueno de Salomón.
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Hace unas semanas un grupo de cazadores se topó de manera fortuita con este ser reducido a la condición de buen salvaje roussoniano. Ante aquellos hombres armados, Salomón se rindió. "No huiré más. Si quieren matarme, mátenme de una vez" dicen que les espetó, entre aliviado y resignado, aquel apergaminado viejo desnudo de 72 años con el que se habían encontrado.
Salomón ha vuelto a la civilización, a su familia, y ha declarado que lo había pasado realmente mal, pero que también había aprendido a comprender la selva, e incluso a disfrutar de la paz y tranquilidad que en ella encontró. La peripecia de Salomón Vides nos habla de esa increíble capacidad de adaptación de nuestra especie que nos ha llevado a poblar los lugares más inhóspitos del planeta, de los polos a selvas y desiertos. Esa es la gran aventura humana, cuyo brillo jamás podrá ser empañado porque ella nos ha hecho como somos.