Rugby de guante blanco
Australia nos ha pegado una paliza de aúpa en rugby. Normal. Ellos son los campeones del mundo y nosotros estamos a la cola. Tenemos un nivel para movernos discretamente por Europa y punto. Si estuviéramos en el Seis Naciones, la colección de cucharas de madera sería ya inmensa. Es curioso el divorcio que hay en España con el rugby y la alta competición. Quizá se deba al tremendo arraigo que mantiene este deporte con el ámbito universitario. Los chavales contactan con este deporte a una edad tardía y lo practican de una manera lúdica. Nadie se plantea ser profesional.
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La manera de contemplar este deporte con mucho fair play y escasa dedicación impide que se desarrolle a un alto nivel. La política que seguimos aquí es muy distinta a la de países de nuestro entorno, léase Francia. Allí, como en las islas Británicas, el rugby ha salido de la Universidad y de los colegios mayores, y se ha ultraprofesionalizado. Los estadios se llenan con asistencias superiores a la de los partidos de fútbol y el rugby llega a paralizar el país. Este fenómeno también se extendió por las antípodas merced a la influencia británica y con tanta fuerza que allí se encuentran los equipos más poderosos.
No es de extrañar, por eso, que suframos palizas como las de ayer. No es una deshonra. Aquí el rugby es un divertimento. Todo lo contrario sucede en otros deportes. El fútbol sala o el hockey sobre patines, por ejemplo. Estos deportes se han desarrollado desde un primer momento con unos objetivos muy ambiciosos. En Francia no pueden entender que haya profesionales de estas especialidades. Y tienen razón, porque no arrastran ni la décima parte de público a los campos que el rugby. Todo es cuestión de fijarse unas metas. Y las del rugby, en España, siguen siendo de guante blanco.
