La soledad del técnico
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Nunca olvidaré la mañana que pasé hace unos meses en Paterna con Héctor Cúper. Más que nunca vi lo huérfano de cariño que está un entrenador en los momentos importantes. Días después iba a jugar la segunda final consecutiva de Champions y horas antes había sido abucheado en Mestalla, como casi siempre desde que llegó al cargo. Su estado de ánimo no reclamaba venganza sino comprensión. No era lo suyo frustración, sino amargura. Dije entonces y aseguro hoy que lo que hizo Cúper será difícil de repetir en las próximas décadas. El mismo día que ficharon a Benítez, me acordé de esa hora de charla sobre el césped de la Ciudad Deportiva. O llegaba con una pócima milagrosa bajo el brazo, o lo iba a pasar muy mal, como Cúper.
Y nada se le puede reprochar a la afición valencianista en su deseo de ver buen fútbol. Es más, hay que alabar su gusto. Sí hay que pedir paciencia con los entrenadores. Cúper dejó partidos memorables, históricos, por juego y goles. Benítez no es clementista, todo lo contrario. Gusta del buen fútbol, repudia los empates. Pero todo tiene su tiempo. Para buscar otras metas es fundamental que el equipo esté asentado, que se vea entre los mejores pasados ya los dos primeros meses de competición. En cuatro palabras: que se lo crean. Pero lo cierto es que, hoy por hoy, ni los números ni el juego del equipo, dejan en mal lugar al ya añorado Cúper.
