Pumori

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Se agotan las palabras y se seca la garganta ante la enorme tragedia que deben estar viviendo las familias de los cinco alpinistas desaparecidos por una avalancha en el Pumori. A esta temporada en el infierno que está padeciendo el alpinismo español se añade este nuevo horror, uno de los accidentes más graves sufridos por nuestro alpinismo en toda su historia. El otro día me comentaba el agregado comercial de nuestra embajada en Pakistán que este año entre el 50 y el 60% de la gente que había ido a ese país a practicar los diferentes tipos de montañismo eran españoles.

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Ambos hechos son caras de una misma moneda que prueba que el nivel de nuestro alpinismo es cada vez más alto en número y calidad. La primavera pasada sobrevolaba las cimas del Ama Dablan y del Pumori, durante el rodaje de nuestra expedición al Everest el Ama Dablam y el Lhotse. Nos admiró la belleza salvaje de ambas montañas a los pies de la Diosa Madre, su perfil afilado y desafiante, sus aristas tallas sobre el abismo que emocionan y aterrorizan por igual. Y comprendimos cuánta razón tenía el alpinista Stephan Venables cuando escribió que escalar montañas como el Ama Dablam o el Pumori, si no se encuentran instaladas las cuerdas fijas, es un desafío de una enorme envergadura y dificultad que nada tiene que envidiar a los gigantescos ochomiles. Como es más que comprensible la atracción que debió ejercer el Pumori sobre los cinco jóvenes alpinistas desaparecidos. La habían elegido para vivir en ella su primera experiencia en el Himalaya, como ya habían hecho antes, por ejemplo, los hermanos Félix y Alberto Iñurrategui que lograron llegar a su cima. Y cuando ya tenían 10 ochomiles declaraban que el Pumori había sido una de las montañas más difíciles que habían escalado nunca. Es muy natural que nos miremos en los mejores, para tratar de imitarlos. Pero no todos podemos ser como ellos. Dedicar la vida al alpinismo se asemeja mucho a emprender una escalada: obliga a dar un paso después de otro. La experiencia es el bien más preciado que puede atesorar un alpinista. Y conseguirla es un trabajo arduo, a veces doloroso, que descarta la posibilidad de utilizar atajos. Nuestra vida diaria va muy deprisa y parece exigirnos resultados rápidos, demostrar lo que valemos cuanto antes.

Pero el tiempo es algo a lo que son ajenas las montañas. Su existencia se mide por millones de años y sus reglas son las de la geología y la meteorología; no las del hombre. En ellas somos seres extraños que las desafiamos durante un instante imperceptible en su devenir. Somos nosotros los que podemos aprender mucho de ellas. Sin olvidar que la finalidad última de este juego para adultos, la mayor aventura del hombre contemporáneo, es sobrevivir.

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