El ejemplo de Virenque
Virenque presentó el domingo su candidatura para ganar mañana el Mundial. Se impuso en la clásica París-Tours, sobre un recorrido que no diferirá mucho del que se va a encontrar en Lisboa. Que Virenque se haya rehabilitado es una excelente noticia. No puede existir la más mínima sospecha de que compite limpio. Ahora mismo debe ser el ciclista más vigilado del pelotón, dados sus antecedentes. La Unión Ciclista Internacional no oculta que persigue especialmente a los corredores reincidentes. Y Virenque lo ha sido. Además, confeso. Su orina y su sangre han pasado por todos los laboratorios.
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No es fácil lo que está logrando Virenque. Ha conseguido ponerse en pie después de ser expulsado del Tour, ser acusado por la justicia francesa, haber recibido una petición fiscal de prisión, ser sancionado con nueve meses y sufrir el rechazo de los equipos a los que se ofrecía. Hay que ser muy fuerte mentalmente para superar estas adversidades. Pero tampoco había que esperar menos de alguien que ha sido capaz de ganar cinco veces el Premio de la Montaña en el Tour, de hacer frente a Indurain, a Ullrich o a Pantani en cuanto la carretera se empinaba. Eso es casta de campeón.
Ahora tiene ante sí la posibilidad de desmitificar el doping. Los fármacos son importantes para mejorar la condición física, pero aún lo son más el coraje, la capacidad de sufrimiento, la aptitud, el entrenamiento, las ganas de vencer. Vale más todo esto que un tratamiento de EPO. Virenque ahora compite con rabia después de tres años de escándalos, en los que su nombre era sinónimo de doping. La manera de lavar su imagen era volver a competir limpio. Y éste es el mejor legado que puede dejar al ciclismo, demostrar que también se puede ganar a pelo. Siete semanas le han bastado para ello.
