Un aventurero del siglo XXI

Juan Mora
Importado de Hercules
Actualizado a

En unos tiempos en los que el mundo parece ya conquistado, todavía hay aventuras capaces de asombrarnos. Una de ellas ha sido la travesía del océano Atlántico a vela en cuatro días. Sí, el récord lo haría una embarcación que es la madre de todos los catamaranes, pero no deja de ser propulsado nada más que por la naturaleza. Parece impensable salir de Nueva York tal día como hoy y llegar a Inglaterra, que está a 5.500 kilómetros de distancia, el lunes por la noche en un barco de vela. La dimensión del récord queda reflejada en que supone una mejora de dos días con respecto al anterior.

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La hazaña es del barco, pero también del hombre, capaz de diseñar un catamarán de 38 metros de largo, con un mástil que mide 45 metros de alto, idóneo para aguantar una superficie vélica máxima de mil metros cuadrados, que equivalen a casi dos áreas de fútbol. Y también, la de acertar con la ruta y los vientos, que tampoco han de ser demasiado fuertes, pues podrían desarbolar el barco. Cuando se navega a vela, todo debe tener una perfecta sintonía. Sólo así pueden alcanzarse altas velocidades de crucero, que en este caso son de ciencia-ficción: entre 46 y 52 kilómetros por hora.

Pero, ante todo, hay que tener espíritu de aventura.Y Steve Fossett, un multimillonario de Chicago, la tiene sobrada. Sus correrías no se ciñen a montarse en un aparato y que le lleve, ya sea un barco, un globo para dar la vuelta al mundo, un avión no militar para ir de San Francisco a Nueva York en tres horas y 52 minutos, o un coche para participar en las 24 Horas de Le Mans, sino que es capaz de escalar las cimas más altas, calzarse unos esquís para hacer la travesía Aspen-Vail en 59 horas o salir en el Ironman (3,8 kilómetros de natación, 180 en bicicleta y 42 corriendo). Sí, aún quedan aventureros.

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