La gran cosecha
Cinco medallas en siete campeonatos oficiales. Ese es el balance de las selecciones españolas en el feliz e inolvidable verano del año 2001. Un modo fantástico de empezar siglo. Atención al recuento: en selecciones masculinas, oro en los Juegos Mediterráneos, bronce en el Eurobasket sénior y bronce en el Europeo cadete; en equipos femeninos, bronce mediterráneo y, ayer mismo, bronce en el Eurobasket sénior de Le Mans.
Las dos únicas selecciones que han vuelto a casa sin chapa son la cadete femenina (séptimo lugar en el Europeo correspondiente) y la Sub-20 masculina, que acabó en un meritorio quinto puesto en el Campeonato del Mundo Joven. Como resumen, una amplia cosecha que evidencia la buena salud del baloncesto español.
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Los éxitos en categoría masculina tienen un mérito enorme, por la fuerza que ha logrado el deporte de la canasta en todo el planeta y la notable igualdad en el baloncesto europeo. Pero en España se ha alcanzado un nivel de profesionalización que explica la dedicación absoluta de muchos jugadores y que les permite obtener buenas recompensas materiales si acceden al podio.
En baloncesto femenino, en cambio, casi todo es puro amor al deporte. Para ellas no cuenta la fama o el dinero, ni tienen medios técnicos tan formidables como los hombres. Las medallas de nuestras chicas, en el fondo, valen todavía más.
